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07 noviembre 2014

LEÓN TOLSTOI, ANNA KARENINA



León Tolstoi en su estudio por Ilya Repin, 1891

LEÓN TOLSTOI
León Tolstoi es uno de los más grandes novelistas de Occidente que perteneció al movimiento literario conocido como Realismo ruso.
El Realismo literario es una corriente estética que supuso una ruptura con el Romanticismo, tanto en los aspectos ideológicos como en los formales, en la segunda mitad del siglo XIX.

Las novelas de Tolstoi son obras extensas y complejas llenas de múltiples facetas. 

Sus novelas admiten muchas lecturas e interpretaciones por sus variados y detallados  ambientes, el gran número de personajes y las complicadas interacciones que se establecen entre ellos.


Sus dos novelas principales son: Guerra y Paz Anna Karenina.
Ambas novelas están consideradas como obras maestras en la producción de su autor, en las letras rusas y en la literatura universal.
Entre sus novelas cortas destaca La muerte de Iván Ilich un lúcido estudio de la inminencia de la muerte en el ambiente social y familiar de la burocracia rusa del siglo XIX.

Sus ideas sobre la no violencia activa aparecen expresadas en libros como El reino de Dios está en vosotros y tuvieron un profundo impacto en grandes personajes históricos como Mahatma Gandhi y Martin Luther King.


ANNA KARENINA



La novela Anna Karenina está considerada una de las obras cumbres del Realismo.
Ningún detalle  falta en la descripción de los personajes y de su entorno: su aspecto físico, vestimenta, lugares que habitan, salones, muebles, así como las veladas, cenas, bailes y demás ritos sociales. 

En Anna Karenina, la fuerza y la riqueza de las descripciones de los diferentes personajes y los ambientes, el retrato inimitable de los caracteres, la penetración psicológica y, más que nada, la alta lección moral que se desprende de ella, forman un conjunto de tanta belleza y grandiosidad, que con razón se ha dicho que es una de las novelas más grandes y una de las obras de arte más acabadas que nos ha dejado el genio del hombre.


ARGUMENTO DE ANNA KARENINA


Bella desconocida por Ivan Kramskoy


Anna Arkadyevna Karenina, la bella esposa del importante funcionario Alexandrovich Karenin, es una mujer de la alta sociedad rusa de San Petersburgo que se enamora de un joven y atractivo oficial el conde Alexei Kirillovich Vronsky. 

Como precio de este romance clandestino y condenado por la sociedad, Anna se ve obligada a separarse de su esposo y a abandonar su hijo para seguir a su amante. 

Anna queda embarazada de Vronsky y huye con él a Italia, enfrentándose así a las convenciones sociales y a su marido.

Karenin se niega a concederle el divorcio y le prohibe que vea a su hijo Seryozha. 

Al no poder regularizar su situación sentimental con Vronsky, Anna se ve rechazada por la alta sociedad rusa.
Esta difícil situación social la empuja también a sentirse celosa e insegura del amor de Vronsky y a hacerle reproches.

Los amores entre Anna y el conde Vronsky tienen un desenlace trágico.




Moscú, postal de 1900 de la Estación Nikoláyevski, actualmente llamada Leningradski 
de la línea de tren de Moscú a San Petersburgo



AMORES IMPOSIBLES Y AMORES POSIBLES

A la vez que se nos hace el relato de los amores imposibles de Anna y Vronsky, la novela nos ofrece, en contrapunto, la apacible historia de amor de Kitty y Levin.


Kitty es la más joven de las hermanas Shcherbatskaya. La mayor, Dolly, está casada con Oblonsky, el hermano de Anna Karenina y tienen seis hijos.
Kitty tras un desengaño amoroso con Vronsky, se casa con un amigo de la infancia, Konstantin Levin, un noble terrateniente al que había rechazado en su primera proposición de matrimonio.


Finalmente, la joven Kitty  acaba encontrando la felicidad en su matrimonio con Levin, su descendencia y en su vida familiar en el campo. 


















Se ha querido ver en esta pareja de Kitty y Levin el inicio idealizado del tormentoso matrimonio de León Tolstoi con la joven de dieciséis años Sofía Andreievna Behrs.


KITTY Y LEVIN / TOSLTOI Y SOFÍA












En el puente de Abramtsevo por Ilya Repin 


El personaje de la joven Kitty parece estar inspirado en Sofía Tolstaya, la esposa y musa del propio Tolstoi, con la que tuvo una larga y compleja relación en su matrimonio que duró casi medio siglo.

Sofía es una mujer educada que escribe y es fotógrafa, tuvo de su matrimonio trece hijos tras dieciséis partos, da clases de música y alemán a los más pequeños, sabe coser, borda, pinta, toca el piano, patina, monta a caballo, copia las obras de su marido, por ejemplo hizo de Anna Karenina, hasta siete copias, edita los libros de su marido, controla las cuentas de la finca, atiende a la incesante corriente de invitados y admiradores de Tolstoi que siempre tienen en la casa, da instrucciones a los criados y dirige la casa, debe viajar a Moscú con frecuencia, lee y escribe el diario de su vida con su mundialmente famoso marido. 


Pero, por encima de sus innumerables actividades, de la preocupación por todos sus hijos, algunos de los cuales mueren muy jóvenes, esta mujer está pendiente de su marido todas las horas del día, con pasión no exenta de reproches, ya que, durante más de cuarenta años, ambos tuvieron visiones muy distintas sobre el matrimonio.

















La familia Tolstoi en 1910

El personaje de Levin provecha cada situación para exponer sus teorías para mejorar la producción agrícola, el reparto de la tierra o la vida de los campesinos. 

Se define defensor de la aplicación de la ciencia y la tecnología para mejorar los rendimientos de la tierra. 

Thomas Mann considera el personaje de Levin un alter ego del propio Tolstoi, y sus preocupaciones filosóficas, sociales y personales perfectamente pueden ser las del mismo autor en esa época de su vida. 























Tolstoi arando por Ilya Repin 




EMMA BOVARY, ANNA KARENINA ANA OZORES  


En el siglo XIX al menos tres grandes novelas trataron el tema de la infidelidad de la mujer en el matrimonio: Madame Bovary del francés Gustave Flaubert en 1857, Anna Karenina  del ruso León Tolstoi en 1877 o La Regenta  del español Leopoldo Alas, Clarín en 1884.

Se ha hablado de un subgénero de la novela realista o naturalista del siglo XIX, la llamada novela de adulterio.

León Tolstoi, con Anna Karenina, no sólo logró una de sus mejores novelas psicológicas sobre el amor imposible y la infidelidad, sino un portentoso retrato de la Rusia del siglo XIX.

La Anna Karenina de León Tolstoi y la Ana Ozores de Clarín siguen el camino abierto años antes por los amores adúlteros de Emma la protagonista de Madame Bovary de Flaubert.


Los tres adulterios tienen ciertos puntos en común, por ejemplo, las tres son mujeres casada e insatisfechas en su matrimonio y las novelas presentan algunas similitudes en su desenlace, ya que ninguna termina en lo que podría llamarse un final feliz.


Pero en las tres obras las resoluciones de los conflictos planteados son muy distintas y no ofrecen semejanzas.


MADAME BOVARYANNA KARENINA Y LA REGENTA EN EL CINE
La Madame Bovary de Flaubert ha sido filmada varias veces para la gran pantalla por grandes directores como Jean Renoir, Vincente Minnelli o Claude Chabrol.


La novela de Leopoldo Alas, La Regenta, tienen una versión cinematográfica filmada por Gonzalo Suárez y una adaptación para televisión dirigida Fernando Méndez-Leite.



De las tres novelas que comentamos, Anna Karenina de Tolstoi es la que más versiones tiene tanto para el cine como para la televisión.  





A lo largo de la historia del cine actrices tan famosas como Greta Garbo, Vivien Leigh o Sophie Marceau han encarnado a esta heroína de la literatura rusa.




Una de las últimas versiones de Anna Karenina es una película británica que se estrenó en el año 2012. 

Está interpretada por Keira Knightley como Anna Karenina, Jude Law como su marido Karenin y Aaron Taylor-Johnson como  el conde  Vronsky.




Bolso Karenina de Christian Dior


12 enero 2014

PRINCIPALES AUTORES DEL REALISMO RUSO






PRINCIPALES AUTORES DEL REALISMO RUSO:

NIKOLAI VASILIEVICH  GOGOL  
(1809-1852)


La obra de Nikolai Gogol, considerado por muchos críticos como el padre del realismo ruso, sirvió para sentar las bases de lo que sería el Siglo de Oro de las letras rusas.

Dostoyevski, Turgueniev, Tolstoi y Chejov en el siglo XIX, así como Zamiatin, Bulgakov y Nabokov en el siglo XX, reconocieron su deuda con este autor. 


Nikolai Vasilievich Gogol nació en la actual Ucrania, y murió en Moscú. 

Se trasladó a San Petersburgo en 1828, y luego de sobrellevar algunos contratiempos, ingresó en los círculos literarios de esa ciudad en 1831. 

Su humor, el tratamiento de los temas, el empleo de la lengua y de los recursos estilísticos dejaron huellas profundas e hicieron escuela. 

Sus personajes y sus héroes y antihéroes están presentes en la vida cotidiana de los rusos.

Entre sus obras destaca la novela histórica Taras Bulba y Almas muertas, esta novela es una obra maestra que el mismo Gogol describe como un poema épico en prosa.



LEÓN NIKOLAIEVICH TOLSTOI  
(1828-1910)

Nació en Yasnaia Poliana. Se quedó huérfano. Se crió en un ambiente religioso y culto con unos familiares.
Empezó a estudiar pero lo abandonó por lo que se dedicó a leer la Biblia y las obras de Pushkin y Rousseau. 
En 1851 se incorpora al ejército ruso donde se pone en contacto con los cosacos, que fueron los protagonistas de una de sus novelas cortas, Los cosacos (1863). 
Entre 1855 y 1856 escribió Sebastopol donde contó tres historias basadas en la guerra de Crimea.
Después de casarse tuvo una extensa familia y escribió sus dos novelas más importantes: Guerra y paz y Anna Karenina

La obra más conocida es Anna Karenina. En esta obra no es solo una simple historia sentimental si no que Tolstoi critica la hipocresía que dominaba en la época. 
Esta obra nos muestra la dificultad de ser honesto cuando el resto de la sociedad se ha instalado en la hipocresía. 
Por tanto, Tolstoi es un autor racionalista, objetivo y materialista y con una moral optimista. 
De hecho él mismo intentó renunciar a todas sus propiedades para repartirlas entre los campesinos pero no fue posible debido a la oposición de su familia. 



FIODOR MIJALOVICH DOSTOYEVSKI
(1821-1881) 

Nació en Moscú. Entró en un grupo de intelectuales socialistas.
Fue detenido, encarcelado y condenado a muerte. Se le conmutó la condena y tuvo que realizar trabajos forzados y en condiciones miserables.
Una vez pasado este periodo pudo volver con su mujer. Muere en 1881. 

Algunas obras de Dostoyevski son: 
El jugador, una novela corta en la que el autor refleja su propia adicción al juego.
La obra más importante es Crimen y castigo
El autor demuestra que la violencia es intrínsecamente inhumana y que cualquier crimen, independiente de sus motivos es una violación de las normas éticas y humanas.
Con esta idea juzga el movimiento revolucionario de su tiempo.
También en la novela Los hermanos Karamazov aparece el debate del bien y del mal, el concepto de libertad y de moral, y la salvación del pecado mediante el sufrimiento.


ANTON CHEJOV 
(1860-1904)

Dramaturgo y autor de relatos ruso, es una de las figuras más destacadas de la literatura rusa. 
La crítica moderna considera a Chejov uno de los maestros del relato. En gran medida, a él se debe el relato moderno en el que el efecto depende más del estado de ánimo y del simbolismo que del argumento. 
Sus narraciones, más que tener un clímax y una resolución, son una disposición temática de impresiones e ideas.
Utilizando temas de la vida cotidiana, Chejov retrató el sentimiento de la vida rusa anterior a la revolución de 1905.
Nos describe las vidas inútiles, tediosas y solitarias de personas incapaces de comunicarse entre ellas y sin posibilidad de cambiar una sociedad que sabían que era inherentemente errónea. 
Algunos de los mejores relatos de Chejov se incluyen en el libro publicado póstumamente Los veraneantes y otros cuentos (1910). 

Dentro del teatro ruso, a Chejov se le considera como un representante fundamental del Naturalismo moderno. 

Sus obras dramáticas, lo mismo que sus relatos, son estudios del fracaso espiritual de unos personajes en una sociedad feudal que se desintegraba. 

Para presentar estos temas, Chejov desarrolló una nueva técnica dramática, que él llamó de "acción indirecta". 
Para ello diseccionaba los detalles de la caracterización e interacción entre los personajes más que el argumento o la acción directa. 
En una obra de teatro de Chéjov muchos acontecimientos dramáticos importantes tienen lugar fuera de la escena y lo que se deja sin decir muchas veces es más importante que las ideas y sentimientos expresados.
Entre sus grandes obras teatrales está La gaviota con reminiscencias del Hamlet de Shakespeare.



































11 enero 2014

EL REALISMO EN LA LITERATURA RUSA


EL REALISMO EN LA LITERATURA RUSA
El siglo XIX  se considera el Siglo de Oro de la literatura rusa, ya que tanto la poesía como la prosa consiguieron alcanzar la excelencia durante este período.

Los autores más destacados del Realismo ruso son: Gogol, Dostoyevski, Tolstoi y Chejov.

En la segunda mitad del siglo XIX los autores rusos no pudieron ignorar la complejidad social y política de su país, y convirtieron la vida cotidiana y el individuo común, en el tema principal de su obra: es la corriente denominada Realismo ruso. 

El Realismo se extendió a las demás artes como, por ejemplo, a la pintura del artista realista ruso Ilya Repin cuyos cuadros ilustran este tema.

EL REALISMO


Este movimiento literario aparece en la segunda mitad del siglo XIX como una superación del Romanticismo.

El Realismo es consecuencia de las circunstancias sociales de la época:

La consolidación de la burguesía como clase dominante
La industrialización
El crecimiento urbano
La aparición del proletariado.


EL REALISMO RUSO


La literatura rusa de la segunda mitad del siglo XIX es realista y a menudo refleja las causas de las desgracias sociales y entra en el mundo de unas clases nuevas y de personas que se encuentran en una situación cambiante.


Los realistas rusos nos introducen en el mundo moral, histórico y social de la vida diaria de una país tan complejo y amplio como la Rusia decimonónica.

A pesar de sus diferencias, entre los escritores realistas rusos se encuentran Chejov, Dostoyevski, Tolstoi y Gogol.




CARACTERÍSTICAS DEL REALISMO RUSO


Describe con detalle los paisajes naturales,  los entornos urbanos, las viviendas y sus decoraciones y los rasgos físicos de las personas.

Esta abundancia de descripciones minuciosas proporciona un ritmo lento a la narración.


El argumento resulta a veces anecdótico.


Se muestra un sentimiento de piedad y compasión por las personas y sus circunstancias vitales. 


Los realistas rusos buscan el significado de la vida incluyendo una gran carga de preocupaciones morales y filosóficas.


EL REALISMO CRÍTICO

En 1830 y principalmente en 1840, en la literatura rusa se desarrolla el Realismo crítico.
El Realismo crítico es una corriente que representa personajes humanos en sus vínculos con las circunstancias sociales y se centra en analizar el mundo interior del individuo.

Aparece entonces la figura de la “persona pequeña”, es decir, ordinaria e insignificante; se trata de un tipo de personaje de una posición social bastante baja, sin ninguna capacidad destacada ni fuerza de voluntad, que no hace nada malo a nadie, con sus historias dramáticas pero muy cotidianas.


Su objetivo principal es presentar "la verdad" de la vida.

REALISMO SOCIOLÓGICO



El fin del siglo XIX es la época de Antón Chejov en la literatura rusa. 
Varios críticos denominan a este periodo Realismo sociológico ya que los temas principales del escritor y dramaturgo son los problemas y los cambios en la sociedad y el destino de los individuos en ella.

Chejov fue pionero en emplear el método del "fluir de la conciencia".
El fluir de la conciencia es un monólogo interno del personaje que reproduce sus impresiones, asociaciones y pensamientos inmediatos en el momento del habla.

Posteriormente este método fue adoptado por los autores modernistas y por James Joyce en primer lugar.




























18 enero 2013

RAYMOND CARVER, TRES ROSAS AMARILLAS



RAYMOND CARVER 

TRES ROSAS AMARILLAS

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Ale­xei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en co­mún: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L'Ermitage (es­tablecimiento en el que los comensales podían tar­dar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecable­mente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo ful­gor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las me­sas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando re­pentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones res­piratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el «escándalo» del restaurante tres noches atrás, pero siguió insis­tiendo en que su estado no era grave. «Reía y bromea­ba como de costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía sangre en un aguamanil.»

María Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. María consiguió a duras penas parar un coche de punto que la lle­vase al hospital. Y llegó llena de temor y de in­quietud.

«Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Ma­ría en sus Memorias-. No le permitían hablar. Des­pués de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones.» Sobre ella, entre botellas de cham­paña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, María vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pul­mones de Chejov. (Era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacien­tes puedan ver en qué consiste su dolencia.) El con­torno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. «Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas», escribe María.
También León Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al «nú­cleo de los allegados», ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo an­ciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de tea­tro («¿Adónde le llevan sus personajes? -le pregun­tó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al traste­ro, y del trastero al diván»), apreciaba sus narracio­nes cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apa­cible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.» Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o die­tario en aquel tiempo): «Estoy contento de amar... a Chejov.»
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido ha­blar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortali­dad del alma. Recordando aquella visita, Chejov es­cribiría más tarde: «Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor...) cuya esen­cia y fines son algo arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Ni­kolaievich se asombraba de que no pudiera enten­derla.»
A Chejov, no obstante, le produjo una honda im­presión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su con­cepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de «una visión del mun­do filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con descri­bir la forma en que mis personajes aman, se despo­san, procrean y mueren. Y cómo hablan».
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: «Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: "No puedo hacer nada. Me iré en la pri­mavera, con el deshielo."» (El propio Chejov mo­riría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría su­perar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba «engordando», y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Ba­denweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aque­llos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apaci­bles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soporta­do un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gavio­ta. Sus contemporáneos la describen como una ex­celente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el drama­turgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amo­rosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba «mi poney», y a veces «mi perrito» o «mi cachorro». Tam­bién le gustaba llamarla «mi pavita» o sencillamente «mi alegría».
En Berlín Chejov había consultado a un reputa­do especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su pa­ciente, alzó las manos al cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente des­pacho: «Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.» El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. «Chejov -escribe- subía a duras pe­nas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento.» De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las pier­nas, y tenía también dolores en el vientre. La enfer­medad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con «una casi irre­flexiva indiferencia».
El doctor Schwóhrer era uno de los muchos mé­dicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acu­día al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocon­dríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un perso­naje muy famoso. El doctor Schwóhrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cor­tas en una revista alemana. Durante el primer exa­men médico, a primeros de junio, el doctor Schwóh­rer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clí­nico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: «Es probable que esté com­pletamente curado dentro de una semana.» ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pen­saba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su esta­do. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía in­formación sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se en­contraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba termi­nando apenas lograba escribir seis o siete líneas dia­rias. «Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.» Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de media­noche, Olga mandó llamar al doctor Schwóhrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se aloja­ran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasa­ba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún se­guía despierto fumando y leyendo, salió precipitada­mente del hotel en busca del doctor Schwóhrer. «Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio», escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía aluci­naciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. «No debe ponerse hielo en un estómago vacío», dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwóhrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le bri­llaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwóhrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy dé­bilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwóhrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimu­lar su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto al­guno). El doctor Schwóhrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: «¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.»
El doctor Schwóhrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwóhrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pro­nunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contesta­ron, pidió que subieran una botella del mejor cham­paña que hubiera en la casa. «¿Cuántas copas?», preguntó el empleado. «¡Tres copas!», gritó el mé­dico en el micrófono. «Y dése prisa, ¿me oye?» Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece ine­vitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Lle­vaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a pri­meras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moët a la habitación 211. «¡Y date prisa, ¿me oyes?!»
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habi­litó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tra­tar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoro­so, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ven­tana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas mo­nedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwóhrer se aprestó a la tarea de descor­char la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la cos­tumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de cham­paña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres in­tercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwóhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champaña...» Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesi­lla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwóhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no ha­bía el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwóhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muer­to», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acu­dido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, an­tes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwóhrer ayudarla? ¿Man­tendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schw6hrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwóhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y reco­gió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas pala­bras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwóhrer. Cogió el ma­letín y salió de la habitación. Y de la Historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la bo­tella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuan­do le acariciaba la cara. «No se oían voces huma­nas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.»
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía pre­guntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwóhrer acompañado del dueño de alguna fune­raria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el cham­paña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrocha­dos. Parecía otra persona. No sólo estaba despier­to, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeita­das y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven- para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hi­ciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que ha­bía sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ven­tanas abiertas. La habitación estaba ordenada; pa­recía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Enton­ces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su per­sona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver nin­guna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez perca­tado de su presencia, miró hacia otra parte. Enton­ces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía en­cerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, con­fiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes ex­tranjeros -dijo- podían desayunar en sus habi­taciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofre­ció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos ban­dejas, dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexpli­cablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamien­tos. Era como si durante todo el tiempo que él ha­bía permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel jo­ven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flo­res? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó tam­bién unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nun­ca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más impor­tante aquella mañana. Pero necesitaba que le pres­tara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le de­cía? El señor Chejov había muerto, ¿lo entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Que­ría que bajara a recepción y preguntara dónde po­día encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, es­crupuloso con su trabajo y de temperamento reser­vado. Un artesano, en suma, digno de un gran ar­tista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿En­tiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dón­de dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en al­guna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insis­tido. Di eso. Pero no llames la atención innecesa­riamente. No atraigas la atención ni sobre tu per­sona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la ca­beza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos esta­mos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía
comportarse exactamente como si estuviera llevan­do a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía ima­ginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana -un jarrón lleno de rosas- destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exal­tarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. De­bía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la pun­ta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un tufillo de formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adul­to, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agra­var los miedos de la gente en este tipo de situacio­nes. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posi­bles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parla­mento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muer­to, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Che­jov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la pun­ta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Cogió el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.