30 noviembre 2013

PLINIO EL JOVEN, CARTA SOBRE LOS FANTASMAS



PLINIO EL JOVEN

Caius Plinius Caecilius Secundus, más conocido como Plinio el Joven (c. 62-113) nació en Como y fue un abogado, escritor y científico de la antigua Roma.



Fue sobrino e hijo adoptivo de Plinio el Viejo, el célebre erudito, naturalista y escritor autor de la Historia Natural. 

Fue amigo del historiador Tácito y alumno del retórico romano Quintiliano y mantuvo correspondencia con el emperador Trajano.


Plinio el Joven alcanzó la fama que era una de sus grandes aspiraciones, gracias a sus Cartas o Epístolas.


Su epistolario es uno de los más destacados de toda la literatura latina.




PLINIO Y LOS FANTASMAS

Sin duda, la más interesante es la descripción sobre la aparición fantasmal en la llamada casa encantada de Atenas, recogida en la carta nº 27 del libro VII de sus Epístolas.

La carta está dirigida a Lucio Licinio Sura, amigo personal del emperador Trajano, cónsul tres veces y originario de Tarraco (Tarragona), dicho documento narra una serie de extraños sucesos de apariciones de espectros.

Está considerada como como uno de los primeros testimonios escritos sobre la existencia de fantasmas de la historia  de la Literatura.

En esta carta Plinio el Joven nos da el preciso y aterrador relato de un supuesto suceso paranormal acaecido en una casa de la ciudad de Atenas, asediada por una presencia fantasmagórica.

El filósofo estoico Atenodoro Cananita, también llamado Atenodoro de Tarso, alquila en Atenas, por un módico precio, una casa encantada con fantasma y consigue finalmente que el espectro repose en paz.




PLINIO Y LA NOVELA GÓTICA

En esta carta de Plinio el Joven, el relato del espectro de la casa encantada de Atenas es uno de los precursores del género literario conocido como novela gótica que apareció en Inglaterra a finales del XVIII.

El relato de Plinio sobre Atenodoro y el fantasma que arrastra cadenas y grilletes cumple todos los requisitos de ese tipo de historias:

Gran mansión amplia, deshabitada y abandonada
Aparición de un espectro de aspecto terrorífico
Ruidos misteriosos y sonidos de cadenas y grilletes
Ambiente nocturno
Soledad del protagonista
Paseo por la casa de noche y a la luz del candil




EPÍSTOLAS DE PLINIO EL JOVEN

CARTA 27, LIBRO VII

CARTA SOBRE LOS FANTASMAS

Gayo Plinio saluda a su amigo Sura

La falta de ocupaciones me brinda a mí la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, si son sombras vacías e irreales que toman forma por efecto de nuestro propio miedo.

A que crea que existen los fantasmas me mueve sobre todo esto que he oído que le ocurrió a Curcio Rufo. Todavía joven y desconocido había formado parte del séquito del nuevo gobernador de la provincia de África. Al declinar el día paseaba por el pórtico: le sale al paso la figura humana de una mujer muy alta y hermosa. Ante su estupor ella le dijo que era África, mensajera de las cosas futuras. Le dijo también que él iría a Roma, que llevaría a cabo su carrera política y que volvería a esta misma provincia con el poder supremo, donde finalmente moriría. Todas estas cosas se cumplieron. Pasado el tiempo, cuando llegaba a Cartago y salía de la nave se cuenta que se le apareció la misma figura en la playa. Como él mismo había sido presa de la enfermedad, tras augurar la adversidad que le esperaba en relación con las cosas buenas ya cumplidas, abandonó su esperanza de curación a pesar de que ninguno de los suyos la había perdido.

¿Pero no es acaso más terrorífico y no menos admirable lo que voy a exponer ahora, tal como me lo contaron? Había en Atenas una casa espaciosa y profunda, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen había desaparecido, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún más allá de sus propias causas. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, abandonada completamente a merced de aquel monstruo; aún así estaba puesta a la venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.

Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que su mente, desocupada, no se imaginara ruidos supuestos ni miedos sin fundamento. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va acercando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Este estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándolo. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar las cadenas para atraer su atención. Este vuelve de nuevo la cabeza y le ve haciendo la misma seña que antes, así que ya sin hacerle esperar más coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa y, de repente, tras desvanecerse, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado, a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes. Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente.

Doy crédito ciertamente a quienes me han confirmado estos hechos; yo mismo puedo confirmar otro suceso a los demás. Tengo un liberto no ajeno al cultivo de las letras. Con él descansaba su hermano menor en el mismo lecho. A este le pareció ver a alguien sentado en la cama, moviendo unas tijeras sobre su propia cabeza, y que incluso le cortaba algunos cabellos de la coronilla. Cuando amaneció, él mismo tenía una tonsura en su coronilla y se encontraron sus cabellos cortados en el suelo. Poco tiempo después, de nuevo un hecho similar al anterior confirmó lo que había ocurrido. Uno de mis pequeños esclavos dormía entre otros muchos niños en la escuela. Llegaron a través de las ventanas (así nos lo cuenta) dos figuras vestidas con túnicas blancas, cortaron el pelo al muchacho acostado y se retiraron por donde habían llegado. La luz del día muestra también a este niño con la tonsura y los cabellos esparcidos en derredor. Nada memorable pasó después, a no ser acaso que no llegué a ser reo, si bien lo hubiera sido en caso de que Domiciano, bajo cuyo poder estas cosas ocurrieron, hubiera vivido más tiempo. En efecto, en su caja de documentos, se encontró un escrito entregado por Caro que estaba referido a mí. De esto puede deducirse que, como es costumbre para los presos dejar crecer el pelo, los cabellos cortados de mis esclavos fueron señal de que el peligro que me acechaba había sido abortado.

Por tanto, te ruego que hagas uso de tu erudición. Es asunto digno para que lo consideres largo y tendido, y yo no soy ciertamente indigno de que me hagas partícipe de tu saber. Aunque sopeses los pros y los contras de las dos opiniones (como sueles), inclínate más por uno de los dos lados, para no dejarme suspenso en la incertidumbre, dado que la razón de consultarte fue la de dejar de dudar. Saludos.

Traducción de F. García Jurado 




Atenodoro se enfrenta al espectro









19 noviembre 2013

ELENA PONIATOWSKA, EL RECADO




ELENA PONIATOWSKA AMOR

La periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska Amor galardonada con el Premio Cervantes 2013.

Poniatowska es la cuarta mujer que lo consigue después de las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).


El Jurado, presidido por el presidente de la Real Academia Española (RAE), José Manuel Blecua, ha destacado su "brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa, y su dedicación ejemplar al periodismo".

"Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen al siglo XX, desde una proyección internacional e integradora", ha resaltado el Jurado, para después añadir que "Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español estos días".



UN RELATO DE ELENA PONIATOWSKA AMOR 

EL RECADO

Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy derechas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza. 

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tu ventana y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa de pasta cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacito, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. 

Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor. 

Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos --oh mi amor-- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos. 

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine. 

Elena Poniatowska

EL RECADO
En este vídeo puedes escuchar el relato El recado en la voz de su autora, Elena Poniatowska:








12 noviembre 2013

OVIDIO, LAS METAMORFOSIS. PÍRAMO Y TISBE

PUBLIO OVIDIO NASÓN


Publio Ovidio Nasón es un poeta romano nacido en Sulmona, cerca de Roma. 

Educado para seguir una carrera política, destacó en el arte de la retórica y dedicó la mayor parte de su esfuerzo a escribir poesía. 

En Roma, donde residió hasta los cincuenta años de edad, se relacionó con la más alta sociedad, incluido el emperador Augusto. 


En el año 8 d.C. cayó en desgracia y fue desterrado hasta su muerte en Tomis, la actual Constanza en Rumanía, en el Ponto Euxino, cerca del Mar Negro.

No se conoce con exactitud la causa aunque se menciona que lo apartaron de Roma porque conocía un escándalo secreto de Julia, la hija del emperador. 

El propio Ovidio supone que el destierro, que nunca le fue levantado, se debió al tono libertino de algunas de sus obras.


La popularidad de Ovidio continuó después de su muerte, a pesar de que el emperador Augusto retirara sus obras de las bibliotecas públicas.
La influencia de Ovidio fue enorme durante la Edad Media. 



Píramo y Tisbe en la Metamorphosis de Ovidio, 
editada por William Caxton 1480.


LAS METAMORFOSIS

Ovidio escribió Las Metamorfosis, un largo poema en quince volúmenes que recoge diversas historias y leyendas mitológicas sobre el tema de la metamorfosis o transformación. 

El poema comienza con la primera gran metamorfosis, la creación del universo, y concluye con la muerte y la deificación de Julio César. 

Muchas de las historias muestran la relación entre los mortales y los dioses, las consecuencias de la obediencia o la desobediencia, y su posterior recompensa o castigo en una transformación final.

Ovidio trata en Las Metamorfosis  la trágica historia de amor de los enamorados Píramo y Tisbe que será una de las inspiraciones de Shakespeare a la hora de escribir la tragedia de Romeo y Julieta.


















Píramo y Tisbe por Abraham Hondius

TEXTO DE LAS METAMORFOSIS DE OVIDIO:
PÍRAMO Y TISBE

Píramo y Tisbe —él, el más bello de los jóvenes; ella, la mejor entre las doncellas que tuvo Oriente— tenían casas contiguas, donde se dice que Semíramis había ceñido la alta ciudad con muros de barro cocido.



Su vecindad hizo que se conocieran y dieran los primeros pasos y con el tiempo creció el amor.
Se habrían incluso unido en matrimonio, pero se lo prohibieron sus padres.
Lo que no pudieron impedir era que por igual ardieran ambos con cautivos ánimos.



No hay ningún testigo. Con gestos y señas se hablan, y cuanto más lo cubren, más arde ese oculto fuego.



Se había abierto una pequeña grieta hacía tiempo, mientras la construían, en la pared común de ambas casas.

Este defecto no había sido percibido por nadie durante largos siglos. ¿Pero qué no ve el amor?
Los amantes lo visteis los primeros y lo hicisteis camino para la voz y seguras, a través de él, entre leves murmullos, solían viajar vuestras delicadezas.

A menudo, cuando estaba por un lado Tisbe y por el otro Píramo y mutuamente habían captado la respiración de sus bocas, decían:
“¡Pared envidiosa! ¿Por qué te interpones entre los amantes?¿Cuánto sería que nos dejaras unirnos con nuestro cuerpo entero o, si esto es demasiado, te abrieras para que nos diéramos besos?
Y no somos ingratos: sabemos que a ti te debemos el que se haya dado a nuestras palabras un camino hacia los oídos amados”.

Después de decir tales cosas en vano, en distintas habitaciones, a la noche, se dijeron “adiós” y a su parte de la pared dieron besos, cada uno a la suya, sin que llegaran a su destino.
Tisbe por Waterhouse

La siguiente aurora había borrado los fuegos nocturnos y el sol había secado las hierbas cubiertas de escarcha con sus rayos.
Se unieron en el lugar de siempre.
Entonces, entre pequeños susurros y muchas quejas, acuerdan que en la silenciosa noche intentarán burlar a sus guardias y salir de sus puertas y, cuando hayan salido de casa, también los edificios de la ciudad abandonarán.
Para no equivocarse por el amplio campo mientras huyen, quedarán en la tumba de Nino y se ocultarán bajo la sombra del árbol. Un árbol que había allí, rebosante de níveos frutos, una elevada morera, cerca de un frío manantial.
Les gusta el pacto y la luz, que parecía que se alejaba tarde, se precipita a las aguas, y de esas mismas aguas sale la noche.
Habilidosa, entre las tinieblas abre la puerta Tisbe.
Sale y burla a los suyos, y con la cara cubierta llega al túmulo y se sienta bajo el árbol que habían dicho: el amor la hace audaz.
He aquí que llega una leona, con el hocico espumeante por la reciente matanza de unos bueyes, para aplacar su sed en las aguas del manantial vecino.
La babilonia Tisbe avistó a la leona, de lejos, ante los rayos de la luna, y huyó hacia una cueva oscura con temeroso paso y, mientras huía, dejó a sus espaldas un velo que se le cayó.
Cuando la feroz leona hubo satisfecho su sed con mucha agua, volvió al bosque, encontró por casualidad el fino velo sin su dueña y lo destrozó con sus fauces ensangrentadas.
Píramo salió más tarde y vio las huellas certeras, de una fiera, en el denso polvo  y  se le puso la cara completamente pálida pero cuando descubrió también el pañuelo, teñido de sangre, dijo:
“Una sola noche perderá a dos amantes, de los que ella fue la más digna de una larga vida. 
Mi alma es dañina. Yo a ti, desdichada, te he buscado la perdición. 
Yo, que te ordené que vinieras de noche a un lugar lleno de terror y no he venido aquí el primero. 
¡Despedazad mi cuerpo y consumid con fiero mordisco mis criminales entrañas, oh, leones que habitáis bajo esta roca! Pero es de cobardes buscar la muerte”. 

El velo de Tisbe coge y lo lleva consigo a la sombra del árbol pactado y cuando hubo regado con lágrimas el conocido velo, cuando le hubo dado besos, dijo:
“¡Recibe ahora también la corriente de mi sangre!” 
Y el hierro con el que se había ceñido se llevó al abdomen y sin demora, muriendo, se lo sacó de la ferviente herida.
Cuando ya yacía boca arriba en el suelo, la sangre salía a borbotones, no de otra forma que cuando un tubo de plomo oxidado se raja y por el pequeño orificio, con gran ruido, abundante lanza agua y surca el aire con ímpetu.
Los frutos del árbol toman una negra apariencia, por las salpicaduras de la matanza y la raíz, humedecida por la sangre, tiñe de color púrpura las moras que cuelgan.

He aquí que, aún no olvidado su miedo, para no fallar a su amante, ella vuelve y busca al joven con los ojos y el alma y se alegra por poder contarle a cuantos peligros ha escapado.
Y, aunque reconoce el lugar y la apariencia del árbol visto, sin embargo la pone en duda el color de los frutos y se queda inmóvil.
¿Será aquí?
Mientras vacila, ve que unos miembros temblorosos palpitan en el cruento suelo, y lleva hacia atrás sus pasos, con la cara más pálida que el boj, y se estremece como el mar, que se agita cuando una ligera brisa lo mueve en la superficie.
Pero después de que reconoce a su amor, se detiene, se golpea con certeros golpes los inocentes brazos y se mesa los cabellos y se abraza al cuerpo amado.
Llena de lágrimas las heridas y el llanto con la sangre mezcla, y, clavando besos en su rostro helado, exclama:
“¡Píramo, ¿qué desgracia te aleja de mí?! ¡Píramo, responde! ¡Tu queridísima Tisbe te llama! ¡Escucha y levanta tu rostro, ahora caído!”.

Ante el nombre de Tisbe, Píramo levantó los ojos lastrados por la muerte  y, tras verla, los volvió a cerrar.

Ella, después de reconocer su velo y ver el marfil sin la espada, dijo:
“¡A ti tu mano y tu amor te perdió, desgraciado! 
También tengo yo una sola mano firme para esto, y también amor. Él me dará fuerzas para las heridas. 
Seguiré al muerto y de tu muerte se dirá que desdichadísima causa y compañera tuya soy.
Y a ti, que de mí solo por la muerte ¡ay! podrías ser arrebatado, tampoco podrás ser arrebatado por la muerte.
Esto, sin embargo, os han de pedir las palabras de ambos ¡oh, muy desdichados padres mío y de aquél!: que a los que un resuelto amor, a los que la postrera hora unió, a esos no los privéis de ser colocados en un mismo túmulo.
En cuanto a ti, oh árbol, que con tus ramas cubres ahora el desdichado cuerpo de uno solo y pronto habrás de cubrir el de los dos, retén las señales de esta matanza y también ten siempre los oscuros frutos apropiados para el luto como recuerdo de nuestra doble sangre”.

Dijo y, colocando la punta bajo el pecho, se lanzó sobre la espada, que aún estaba tibia de la matanza.
Píramo y Tisbe por Pierre-Claude Gautherot

Sus votos, sin embargo, conmovieron a los dioses, y también a los padres.

Y es por eso que el color del fruto de la morera es negro cuando está maduro y lo que queda de sus piras descansa en una sola urna.

Prosificación del texto original en latín:
Ovidio, Las Metamorfosis IV.55-166


SHAKESPEARE Y PÍRAMO Y TISBE 
La trama de Píramo y Tisbe aparece en dos ocasiones en la obra de Shakespeare
El argumento de Romeo y Julieta está inspirado directamente en el texto latino de Las metamorfosis de Ovidio o en la traducción al inglés de dicha obra latina hecha por Arthur Golding. 

Por otro lado, en la Escena primera del Acto V de la comedia El sueño de una noche de verano un grupo de campesinos interpretan a Píramo y Tisbe. 


LOS BEATLES Y SHAKESPEARE


En este curioso vídeo se puede ver a The Beatles en la escena I del acto V dentro de la comedia de Shakespeare El sueño de una noche de verano representando a los personajes de Píramo y Tisbe en un programa para la TV del año 1964.



Paul McCartney hace el papel de Píramo y John Lennon es su enamorada Tisbe. 

Lennon dijo haber escogido el papel femenino porque era el que tenía el modelo de vestuario más loco.
George Harrison aparece en el papel de Monshine, el brillo de la luna en la noche y Ringo Starr como la leona.