20 enero 2013

EDGAR ALLAN POE, BERENICE

Edgar Allan Poe retratado por Samuel Stillman Osgood



LA AMADA MUERTA
La amada muerta que regresa de la tumba para visitar a su primer amor es un recurso frecuentemente usado en la literatura. 

Poe consideraba que la muerte de una bella mujer es el tema más poético en el mundo.



La obra de Edgar Allan Poe han sido interpretada muchas veces en relación con su biografía y se cree que muchas de sus producciones literarias están influenciadas por la larga enfermedad de su joven esposa Virginia Clemm y su temprana muerte por causa de la tuberculosis.



Entre esas obras dedicadas a la muerte de hermosas mujeres destaca los poemas Annabel LeeUlalumeEulalie Lenore, en el que Lenore es descrita como "la más hermosa muerta que falleció tan joven".



Virginia aparece también en la prosa de Poe. Por ejemplo, en los relatos titulados Ligeia, BereniceMorella Eleonora



En el cuento titulado Berenice el narrador y protagonista va a casarse con su prima Berenice, lo que recuerda mucho a la situación personal del poeta con Virginia Clemm.
                                  
Virginia Clemm Poe retratada por Thomas Sully


BERENICE
Si tienes interés por leer Berenice, el cuento de Edgar Allan Poe, en este enlace puedes hacerlo:



DOCUMENTAL, EDGAR ALLAN POE: AMOR MUERTE Y MUJERES
Si te apetece saber algo más de Edgar Allan Poe, en este documental podrás encontrar datos muy interesantes y conocer su vida, su obra y su familia.



































18 enero 2013

RAYMOND CARVER, TRES ROSAS AMARILLAS



RAYMOND CARVER 

TRES ROSAS AMARILLAS

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Ale­xei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en co­mún: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L'Ermitage (es­tablecimiento en el que los comensales podían tar­dar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecable­mente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo ful­gor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las me­sas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando re­pentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones res­piratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el «escándalo» del restaurante tres noches atrás, pero siguió insis­tiendo en que su estado no era grave. «Reía y bromea­ba como de costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía sangre en un aguamanil.»

María Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. María consiguió a duras penas parar un coche de punto que la lle­vase al hospital. Y llegó llena de temor y de in­quietud.
«Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Ma­ría en sus Memorias-. No le permitían hablar. Des­pués de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones.» Sobre ella, entre botellas de cham­paña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, María vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pul­mones de Chejov. (Era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacien­tes puedan ver en qué consiste su dolencia.) El con­torno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. «Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas», escribe María.
También León Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país. (¿El hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al «nú­cleo de los allegados», ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo an­ciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de tea­tro («¿Adónde le llevan sus personajes? -le pregun­tó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al traste­ro, y del trastero al diván»), apreciaba sus narracio­nes cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: «Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apa­cible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso.» Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o die­tario en aquel tiempo): «Estoy contento de amar... a Chejov.»
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido ha­blar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortali­dad del alma. Recordando aquella visita, Chejov es­cribiría más tarde: «Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor...) cuya esen­cia y fines son algo arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Ni­kolaievich se asombraba de que no pudiera enten­derla.»
A Chejov, no obstante, le produjo una honda im­presión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su con­cepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de «una visión del mun­do filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con descri­bir la forma en que mis personajes aman, se despo­san, procrean y mueren. Y cómo hablan».
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: «Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: "No puedo hacer nada. Me iré en la pri­mavera, con el deshielo."» (El propio Chejov mo­riría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría su­perar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba «engordando», y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Ba­denweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aque­llos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apaci­bles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soporta­do un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gavio­ta. Sus contemporáneos la describen como una ex­celente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el drama­turgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amo­rosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba «mi poney», y a veces «mi perrito» o «mi cachorro». Tam­bién le gustaba llamarla «mi pavita» o sencillamente «mi alegría».
En Berlín Chejov había consultado a un reputa­do especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su pa­ciente, alzó las manos al cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente des­pacho: «Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta.» El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. «Chejov -escribe- subía a duras pe­nas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento.» De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las pier­nas, y tenía también dolores en el vientre. La enfer­medad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con «una casi irre­flexiva indiferencia».
El doctor Schwóhrer era uno de los muchos mé­dicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acu­día al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocon­dríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un perso­naje muy famoso. El doctor Schwóhrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cor­tas en una revista alemana. Durante el primer exa­men médico, a primeros de junio, el doctor Schwóh­rer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clí­nico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: «Es probable que esté com­pletamente curado dentro de una semana.» ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pen­saba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su esta­do. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía in­formación sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se en­contraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba termi­nando apenas lograba escribir seis o siete líneas dia­rias. «Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.» Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de media­noche, Olga mandó llamar al doctor Schwóhrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se aloja­ran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasa­ba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún se­guía despierto fumando y leyendo, salió precipitada­mente del hotel en busca del doctor Schwóhrer. «Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio», escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía aluci­naciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. «No debe ponerse hielo en un estómago vacío», dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwóhrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le bri­llaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwóhrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy dé­bilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwóhrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimu­lar su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto al­guno). El doctor Schwóhrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: «¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver.»
El doctor Schwóhrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwóhrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pro­nunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contesta­ron, pidió que subieran una botella del mejor cham­paña que hubiera en la casa. «¿Cuántas copas?», preguntó el empleado. «¡Tres copas!», gritó el mé­dico en el micrófono. «Y dése prisa, ¿me oye?» Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece ine­vitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Lle­vaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a pri­meras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moët a la habitación 211. «¡Y date prisa, ¿me oyes?!»
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habi­litó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tra­tar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoro­so, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ven­tana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas mo­nedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwóhrer se aprestó a la tarea de descor­char la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la cos­tumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de cham­paña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres in­tercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwóhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champaña...» Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesi­lla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwóhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no ha­bía el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwóhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muer­to», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acu­dido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, an­tes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwóhrer ayudarla? ¿Man­tendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schw6hrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwóhrer movió la cabeza en señal de asentimiento y reco­gió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas pala­bras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. «Ha sido un honor», dijo el doctor Schwóhrer. Cogió el ma­letín y salió de la habitación. Y de la Historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la bo­tella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuan­do le acariciaba la cara. «No se oían voces huma­nas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.»
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía pre­guntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwóhrer acompañado del dueño de alguna fune­raria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el cham­paña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrocha­dos. Parecía otra persona. No sólo estaba despier­to, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeita­das y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven- para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hi­ciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que ha­bía sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ven­tanas abiertas. La habitación estaba ordenada; pa­recía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Enton­ces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su per­sona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver nin­guna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez perca­tado de su presencia, miró hacia otra parte. Enton­ces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía en­cerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, con­fiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes ex­tranjeros -dijo- podían desayunar en sus habi­taciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofre­ció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos ban­dejas, dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexpli­cablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamien­tos. Era como si durante todo el tiempo que él ha­bía permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel jo­ven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flo­res? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó tam­bién unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nun­ca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más impor­tante aquella mañana. Pero necesitaba que le pres­tara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le de­cía? El señor Chejov había muerto, ¿lo entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Que­ría que bajara a recepción y preguntara dónde po­día encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, es­crupuloso con su trabajo y de temperamento reser­vado. Un artesano, en suma, digno de un gran ar­tista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿En­tiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dón­de dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en al­guna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insis­tido. Di eso. Pero no llames la atención innecesa­riamente. No atraigas la atención ni sobre tu per­sona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la ca­beza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos esta­mos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía
comportarse exactamente como si estuviera llevan­do a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía ima­ginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana -un jarrón lleno de rosas- destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exal­tarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. De­bía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la pun­ta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un tufillo de formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adul­to, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agra­var los miedos de la gente en este tipo de situacio­nes. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posi­bles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parla­mento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muer­to, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Che­jov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la pun­ta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Cogió el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.






09 enero 2013

LEON TOLSTOI Y LA MÚSICA


UN VALS COMPUESTO POR LEÓN TOLSTOI
En este vídeo puedes ver algunos retratos de León Tolstoi y escuchar un pequeño fragmento de un vals compuesto por él.

04 diciembre 2012

EDGAR ALLAN POE, EL GUSANO VENCEDOR





EDGAR ALLAN POE

EL GUSANO VENCEDOR

¡Ved!; es noche de gala 
en estos últimos años solitarios. 
Una multitud de ángeles alados,
adornados con velos y anegados en lágrimas,
se halla reunida en un teatro para contemplar
un drama de esperanzas y de temores 

mientras la orquesta suspira por intervalos 
la música de las esferas.

Actores creados a la imagen del Altísimo,
murmuran en voz baja 

y saltan de un lado al otro; 
pobres fantoches que van y vienen 
a órdenes de vastas criaturas informes 
que cambian la decoración a su capricho, 
sacudiendo con sus alas de cóndor 
a la invisible desgracia.

Este drama abigarrado— ¡estad seguros 

que no será olvidado,
con su fantasma perseguido siempre 
por una muchedumbre que no puede atraparlo, 
en un círculo que gira siempre sobre sí mismo 
y vuelve sin cesar al mismo punto;
ese drama en el cual forman el alma de la intriga
mucha locura y todavía más pecado y horror...!

¡Pero ved, a través de la bulla de los actores
cómo una forma rampante hace su entrada!
Una cosa roja, color sanguinolento viene retorciéndose
de la parte solitaria de la escena.
¡Cómo se retuerce! Con mortales angustias
los actores constituyen su presa, 

y los ángeles sollozan viendo esas mandíbulas de gusano
teñirse en sangre humana.

Todas las luces se apagan, todas, todas.
Sobre cada forma todavía palpitante, 

el telón, como un paño mortuorio, 
desciende con un ruido de tempestad. 
Y los ángeles, todos pálidos y macilentos 
se levantan y cubriéndose afirman
que ese drama es una tragedia 
que se llama "El Hombre"
de la cual el héroe es el Gusano Vencedor...










ARCHAEOPTERYX ULTRAAVANTGARDA
THE CONQUEROR WORM

En este enlace puedes escuchar la versión del poema El gusano vencedor de Edgar Allan Poe hecha por la banda asturiana Archaeopteryx Ultraavantgarda.

Haz click aquí para oírlo:

ARCHAEOPTERYX ULTRAAVANTGARDA The Conqueror Worm 





THE CONQUEROR WORM 

Lo! ’t is a gala night 
Within the lonesome latter years! 
An angel throng, bewinged, bedight 
In veils, and drowned in tears, 
Sit in a theatre, to see 
A play of hopes and fears, 
While the orchestra breathes fitfully 
The music of the spheres. 

Mimes, in the form of God on high, 
Mutter and mumble low, 
And hither and thither fly— 
Mere puppets they, who come and go 
At bidding of vast formless things 
That shift the scenery to and fro, 
Flapping from out their Condor wings 
Invisible Wo! 

That motley drama—oh, be sure 
It shall not be forgot! 
With its Phantom chased for evermore 
By a crowd that seize it not, 
Through a circle that ever returneth in 
To the self-same spot, 
And much of Madness, and more of Sin, 
And Horror the soul of the plot. 

But see, amid the mimic rout, 
A crawling shape intrude! 
A blood-red thing that writhes from out 
The scenic solitude! 
It writhes!—it writhes!—with mortal pangs 
The mimes become its food, 
And seraphs sob at vermin fangs 
In human gore imbued. 

Out—out are the lights—out all! 
And, over each quivering form, 
The curtain, a funeral pall, 
Comes down with the rush of a storm, 
While the angels, all pallid and wan, 
Uprising, unveiling, affirm 
That the play is the tragedy, "Man", 
And its hero, the Conqueror Worm.



























17 noviembre 2012

EDGAR ALLAN POE, ANNABEL LEE
























It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee; —
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love —
I and my Annabel Lee —
With a love that the wingéd seraphs in Heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her high-born kinsmen came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre,
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in Heaven,
Went envying her and me —
Yes! — that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we —
Of many far wiser than we —
And neither the angels in Heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee: —

For the moon never beams, without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee: —
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling — my darling — my life and my bride,
In her sepulchre there by the sea —
In her tomb by the sounding sea.


The moment I became Edgar I suddenly realized I was in Hell
acuarela pintada por Marilyn Manson

POE Y ANNABEL LEE

Annabel Lee es el último poema completo compuesto por el escritor y poeta romántico estadounidense Edgar Allan Poe. 
Trata el  tema de la muerte de una joven y hermosa mujer tan frecuente en su obra.
El narrador que ama a Annabel Lee desde la niñez, sigue enamorado de ella tras el prematuro fallecimiento de la joven.
Su amor hacia ella es tan fuerte que en su desesperación por su pérdida acusa hasta a los ángeles de celos. 

A pesar de los debates existentes se cree que el poema está inspirado en su esposa Virginia Eliza Clemm, fallecida dos años antes. 





El poema, fue compuesto en 1849 y no se publicó hasta después de la muerte del autor, ese mismo año.


Es difícil fijar el texto definitivo ya que, por ejemplo,la «Edgar Allan Poe Society» de Baltimore, Maryland ha identificado hasta once versiones diferentes del poema que fueron publicadas entre 1849 y 1850.






RADIO FUTURA Y POE 


Esta es la versión con música del poema de Poe que hizo Radio Futura, grupo de rock de la Movida madrileña de los años 80.
Puedes leerla aquí y escucharla más abajo.

ANNABEL LEE

Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee
y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mi.

Éramos sólo dos niños mas tan grande nuestro amor
que los ángeles del cielo nos cogieron envidia
pues no eran tan felices, ni siquiera la mitad,
como todo el mundo sabe, en aquel reino junto al mar.

Por eso un viento partió de una oscura nube aquella noche
para helar el corazón de la hermosa Annabel Lee
luego vino a llevársela su noble parentela
para enterrarla en un sepulcro en aquel reino junto al mar.

No luce la luna sin traérmela en sueños
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos
y así paso la noche acostado con ella,
mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.

Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores
que saben más como dicen de las cosas de la vida
ni los ángeles del cielo ni los demonios del mar
separaran jamás mi alma del alma de Annabel Lee.

No luce la luna sin traérmela en sueños
ni brilla una estrella sin que vea sus ojos
y así paso la noche acostado con ella,
mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.

En aquel sepulcro junto al mar
en su tumba junto al mar ruidoso.
Hace muchos, muchos años en un reino junto al mar
habitó una señorita cuyo nombre era Annabel Lee
y crecía aquella flor sin pensar en nada más
que en amar y ser amada, ser amada por mi.

Edgar Allan Poe









LEOPOLDO MARÍA PANERO Y POE


Este es el acercamiento a la Annabel Lee de Poe que hace el poeta Leopoldo María Panero:





Hay un nombre cuyo ruido hace
temblar al aire como si fuera de algo
el de mi hermosa ANNABEL LEE: el de una niña
que me amó como si yo algo fuera
y que al morir supo tan sólo
a Dios decir un nombre, un ruido:

ANNABEL LEE.

Yo era una niña y ella casi un niño
nadando los dos bajo el mar; pero
nos amábamos ambos de algo como hierro
y llorábamos juntos los dos, bajo el cielo.
Y fue ese el motivo quizá por el que un día
una lágrima cayó del cielo disolviendo
como un ácido el cuerpo que temblaba
de mi hermosa, de mi pálida ANNABEL LEE, y entonces
vinieron sus padres, gente de dinero
a hacerse cargo del alma, y dicen
que la enterraron bajo el mar.

Pero hoy los huesos de una niña bailan
allí junto a una roca, cerca
de aquel reino moribundo que hay
debajo del mar, y cantan
aún esa canción demente, la
de los seres que
se enterraron juntos pronunciando
a solas el nombre de

ANNABEL LEE.



Publicado en de Poesía. 1970-1985 (Visor, 1986)







09 noviembre 2012

LUIS FERNANDO GARCÍA NÚÑEZ, UN HOMENAJE A LAS MUJERES

LOS PERSONAJES FEMENINOS 
EN LA LITERATURA UNIVERSAL

UN HOMENAJE A LAS MUJERES


Pocas veces nos hemos detenido a estudiar el papel protagónico que han cumplido en la literatura universal las mujeres: las escritoras y, sobre todo, los personajes femeninos. Así, por ejemplo, Safo (620-565 a.C.), la prodigiosa poetisa griega, se constituye en uno de esos paradigmas, confundido hoy con la leyenda, que marcó una época y fue, además, una de las primeras mujeres de Occidente que sufrió el exilio por cuestiones políticas, como lo demuestran los célebres “mármoles de Patos” que relatan la historia. Y, otras tantas, muchas de ellas no escritoras, como las emperatrices romanas Libia o las Agripinas, Popea Augusta, Octavia, para no hablar de la bella Cleopatra, la reina de ese otro mundo lejano, casi mítico, que era entonces Egipto. Y luego Juana de Arco, Isabel I, la reina de Inglaterra y María Estuardo, o Catalina la Grande, la zarina; María Teresa de Austria, madre de María Antonieta la reina guillotinada durante la Revolución Francesa.


Y a ellas se suman las mujeres que como Safo utilizaron la pluma para expresar sus sentimientos, sus ideas, su visión del mundo: la reina de Navarra, Margarita de Valois; sor Juana Inés de la Cruz,Teresa de Ávila, las hermanas Brontë: Carlota, Emile y Ana; Virginia Wolf, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Margarita Yourcenar, Susan Sontag, Fanny Buitrago, Laura Restrepo, Alba Lucía Ángel, Piedad Bonnett, entre muchas otras.
Y ahora los personajes femeninos. Empecemos por Electra. Su carácter simboliza la lealtad femenina, una especie de conciencia familiar que identificamos gracias a tres famosas tragedias griegas: Las Coéforas, de Esquilo; las dos Electra, la de Sófocles y la de Eurípides. Electra tiene, entre nosotros, un significado profundo como madre, como hermana y como hija. Sobre todo en una sociedad como la colombiana con tantas viudas y huérfanas. Afectada por la muerte trágica de su padre Agamenon, asesinado por Clitemnestra, para casarse con Egisto, el amante, inicia una cruzada para vengarse y de paso proteger a Orestes, su hermano menor, y alcanzar la justicia que tanto desea. Es un personaje ofendido, enajenado por los trágicos acontecimientos que la convierten en un ser que vibra entre el odio infinito y el perdón, para concluir en un ejemplo de equilibrio y serenidad que asombran. Es también el personaje esencial del Agamenón y del Orestes de Sófocles, que luego ilumina a poetas como Hofmannsthal, con su obra Electra o a escritores más modernos como O’Neill en A Electra le sienta bien el luto.


Y no puede faltar en esta relación Elena -o Helena, como se escribe en español-, la esposa de Menelao, hija del poderoso Zeus y de Leda, raptada por Paris, causa de la Guerra de Troya. Este personaje femenino, a pesar de las contradicciones, es modelo de las virtudes femeninas, considerada por Homero en la Ilíada, como una mujer de singulares dotes. Representa el ideal femenino de la nobleza griega, que se ve nítidamente en la Odisea, el gran poema homérico en que ella se resalta con más vigor. La otra Elena es personaje de Bien está lo que bien acaba de Shakespeare, un drama en que ella hace grandes esfuerzos para ganarse el corazón de su marido, hasta acudir a medios que para algunos resultan repugnantes. De todos modos, según Coleridge, una adorable creación del gran escritor inglés.

Uno de los personajes femeninos más controvertidos de la literatura universal es Emma Bovary, creada por Gustave Flaubert y protagonista de Madame Bovary, esa pobre adúltera enajenada, como don Quijote, por la lectura de novelas que la llevan a querer vivir un sueño que no puede cumplir y termina en una vulgar tragedia. De ella, de su historia precisamente, proviene el término “bovarysmo” creado por Jules Gaultier y que es “la tendencia y la actitud a concebirse y a concebir las cosas de un modo distinto de como son en realidad”. Flaubert reveló en Emma Bovary una parte de la común femineidad, carente de la energía y la cultura requeridas para tener puestos los pies en la tierra. 

Naná, la protagonista de la novela de Emile Zola con el mismo nombre, es el contradictorio testimonio de la ingenuidad y la razón materna -que a veces vuelca en su hijo-, y de la mujer cruel y sin escrúpulos, convertida en una especie de cortesana de la aristocracia; fuerza incontenible e indiferente que acaba con la vida y la fortuna de los amantes que han caído ante su hechizo y belleza, la cual termina cuando es víctima de la viruela, y se hunde aniquilada por esas extrañas y poderosas fuerzas que sorprenden con frecuencia a seres mezquinos y despiadados.





Entre las heroínas de la literatura latinoamericana tenemos a doña Bárbara, a María y a la inolvidable Amalia, que protagonizan tres historias que vale la pena recordar en este homenaje. Doña Bárbara es el personaje central de la novela del mismo nombre que escribió el venezolano Rómulo Gallegos. Encarna a esas mujeres fuertes que deben vivir en un mundo cruel, lleno de maldades y de supersticiones, casi feudal, enfrentada a un hombre civilizado -Santos Luzardo- que representa a esa burguesía naciente de América Latina, heredera de una pequeña aristocracia decadente y conservadora que después se consideró liberal porque quiso acabar con el fanatismo y propuso el progreso a su manera, como creyeron haberlo aprendido cuando empezaron a dividir el mundo entre civilización y barbarie.



Éste es, precisamente, el leitmotiv de Doña Bárbara. En la protagonista, dominante y violenta, predomina el instinto y el deseo del poder que la vuelven codiciosa, y todas sus acciones se mueven para hacer posible una venganza largamente ansiada contra los varones, culpables de su dolor, de su tragedia, de sus odios. Tiene una hija con el rico terrateniente Lorenzo Barquero, que luego desconoce, “porque un hijo de sus entrañas, era para ella una victoria del macho, una nueva violencia sufrida”. Al final desaparece misteriosamente, empujada por el recuerdo de un amor verdadero, que le fue arrancado cuando empezaba a florecer. Y ahí la leyenda, el enigma que envuelve, curiosamente, a Arturo Cova, el protagonista de La vorágine.

La protagonista de María, la novela de Jorge Isaacs es, al contrario, un ser ideal, desasido de la realidad, entre ángel y mujer, que sufre los tormentos de una enfermedad incurable, pero enamorada de Efraín, su primo, con una pasión serena, repleta de presentimientos fatalistas que despliegan un velo de tristeza y de dolor y la hacen digna de la compasión de quienes la rodean -y de quienes leen la novela-. Casi desde el inicio de la historia podemos presentir el final. María es un personaje fantasmal: su fragilidad, su impenitente tristeza, la convierten en lo que significa hoy para todos, una heroína romántica, melancólica, pesimista, sin capacidad de lucha. Es para Efraín, casi siempre, un recuerdo y todos presentimos cuando él se vaya a estudiar a Londres, María morirá. Sus cartas son lo único tangible que permite recobrar la presencia de ella, a pesar de su estéril lucha contra la muerte. María es una de tantas presencias que apenas podemos vislumbrar en los objetos, en unas palabras en unos recuerdos que se van para siempre. 
Amalia es la protagonista de la novela romántica del mismo nombre que escribió el argentino José Mármol. A diferencia de María, Amalia enfrenta su terrible realidad, aunque al final parezca derrotarla su sino trágico, ningún desastre logra forzar su externa e impasible serenidad. De todos modos, se transforma en el epicentro de la historia cuando, en un acto de solidaridad, refugia en su casa a un enemigo del dictador Rosas: Eduardo Belgrano, y luego se casa con él. El universo de los infortunios y de los pesares la hacen víctima de las circunstancias políticas que vive su país, y con ellas el dolor de perder a quienes quiere e incluso de sufrir ella la dureza de la represión que desata el gobierno, pues es herida el día en que asesinan a Eduardo Belgrano, su segundo esposo. Ahí están las características centrales de la mujer romántica: tragedia, tristeza, melancolía, lucha en contra de un destino manifiesto.


Muchas otras mujeres asombran a los lectores, por ejemplo, de la literatura colombiana: en Cien años de soledad, para no ir muy lejos, el trascendental papel de Úrsula Iguarán, la esencia misma de la obra. Ella soporta en sus hombros todo el trasegar de personajes y de hechos que se generan en esos años de su soledad, de su fuerte presencia para organizar el mundo mítico que era Macondo, hasta descubrir, en un largo peregrinaje, que las fronteras de la realidad están más allá de donde suponían todos. Úrsula es la conciencia del mundo creado por García Márquez. 

Tránsito es el nombre de la novela de Luis Segundo de Silvestre que nos muestra una mujer diferente, “una campesina inteligente e ingenua de corazón, que se enamora enloquecida y humildemente de Andrés y es correspondida por éste de manera delicada y caballerosa, pero aparentemente con inexplicable desvío; y en fin la trágica y abnegada muerte de la protagonista a los disparos de Urbano, el gamonal corrompido, que antes le había deshecho el hogar paterno”. 

Faltan, sin duda, obras colombianas en que la mujer es la razón misma: sólo mencionamos novelas como La marquesa de Yolombó, Manuela, Diana Cazadora, Mercedes, Madre, Hija, Camila Sánchez, Lilí y, por ahora, pare de contar. Nos faltan obras latinoamericanas y universales de las que hablaremos en otra ocasión. 



UN HOMENAJE A LAS MUJERES 
por Luis Fernando García Núñez






Artículo publicado originalmente en la edición Nº 67, marzo de 2007 de la Revista Libros & Letras 



Luis Fernando García Núñez es periodista y profesor de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá.






08 noviembre 2012

CEES NOOTEBOOM, HOMERO EN ÍTACA






CICLO DE PALABRA  

CEES NOOTEBOOM Y JAIME PRIEDE



Entrada libre hasta completa aforo, previa retirada de invitación a partir del 1 de noviembre en la Recepción del Centro Niemeyer de Avilés y en la Recepción de Laboral Ciudad de la Cultura en Gijón.



Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es actualmente uno de los más destacados escritores europeos. 

En constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania, se ha convertido en un reconocido autor de libros de viaje, novelas, poesías y ensayos. 

Ya desde su primera obra, publicada en 1954 bajo el título de Philip en de anderen, Nooteboom dejó en evidencia una clara postura europeísta y cosmopolita.



Entre sus publicaciones se encuentran también Rituales (1980), con la que ganó el Premio Bordewijz y el Premio Pegasus de Literatura, En las montañas de Holanda (1990), ¡Mokusei! El buda tras la empalizada (1994), AllerzielenEl día de todas las ánimas (1998), Tumbas (2007) y El desvío a Santiago (1993), quizá su obra más conocida.

Premio Aristeion de Literatura 1993 y XIII Premio Grinzane Cavour, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor en Francia y es candidato desde hace años al Premio Nobel de Literatura.

Jaime Priede (Langreo, Asturias, 1965). Ha realizado ediciones bilingües de Anne Michaels, John Berger, Tess Gallagher, Raymond Carver, C K Williams, Robert Hass, Allen Ginsberg, Mary Jo Bang, Hart Crane, Edgar Lee Masters y Edgar Allan Poe. 
Ha publicado el libro de poesía El Coleccionista de tarjetas postales y de ensayo literario Dejad que baile el forastero
Ha colaborado como crítico literario en Cuadernos Hispanoamericanos, Ínsula, Lateral, Clarín, Letra Internacional, Letras Libres y Quimera. 
Forma parte del consejo editorial del semanario cultural El Cuaderno.


http://elcuadernoculturaldelavoz.blogspot.com.es/




HOMERO EN ÍTACA


Aquí puedes leer un poema de Cees Noteboom dedicado al poeta griego Homero:

Homero en Ítaca

El día está claro, el gavilán se cierne sobre su presa.

Alguien abre

una gran caja con silencio.



Sobre la reluciente bandeja del mar

flota la otra isla.

La luz toda es de porcelana

una frágil ánfora a nuestro alrededor.



Ayer sucede de nuevo.

Hoy marcha el héroe a la guerra.

Mañana regresará.



No, aquí nunca ha cambiado nada.

Bajo el olivo duerme invisible el ciego

y esconde en su ojo el secreto del poeta.



¡Canta, musa!




Cees Noteboom