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30 noviembre 2013

PLINIO EL JOVEN, CARTA SOBRE LOS FANTASMAS



PLINIO EL JOVEN

Caius Plinius Caecilius Secundus, más conocido como Plinio el Joven (c. 62-113) nació en Como y fue un abogado, escritor y científico de la antigua Roma.



Fue sobrino e hijo adoptivo de Plinio el Viejo, el célebre erudito, naturalista y escritor autor de la Historia Natural. 

Fue amigo del historiador Tácito y alumno del retórico romano Quintiliano y mantuvo correspondencia con el emperador Trajano.


Plinio el Joven alcanzó la fama que era una de sus grandes aspiraciones, gracias a sus Cartas o Epístolas.


Su epistolario es uno de los más destacados de toda la literatura latina.




PLINIO Y LOS FANTASMAS

Sin duda, la más interesante es la descripción sobre la aparición fantasmal en la llamada casa encantada de Atenas, recogida en la carta nº 27 del libro VII de sus Epístolas.

La carta está dirigida a Lucio Licinio Sura, amigo personal del emperador Trajano, cónsul tres veces y originario de Tarraco (Tarragona), dicho documento narra una serie de extraños sucesos de apariciones de espectros.

Está considerada como como uno de los primeros testimonios escritos sobre la existencia de fantasmas de la historia  de la Literatura.

En esta carta Plinio el Joven nos da el preciso y aterrador relato de un supuesto suceso paranormal acaecido en una casa de la ciudad de Atenas, asediada por una presencia fantasmagórica.

El filósofo estoico Atenodoro Cananita, también llamado Atenodoro de Tarso, alquila en Atenas, por un módico precio, una casa encantada con fantasma y consigue finalmente que el espectro repose en paz.




PLINIO Y LA NOVELA GÓTICA

En esta carta de Plinio el Joven, el relato del espectro de la casa encantada de Atenas es uno de los precursores del género literario conocido como novela gótica que apareció en Inglaterra a finales del XVIII.

El relato de Plinio sobre Atenodoro y el fantasma que arrastra cadenas y grilletes cumple todos los requisitos de ese tipo de historias:

Gran mansión amplia, deshabitada y abandonada
Aparición de un espectro de aspecto terrorífico
Ruidos misteriosos y sonidos de cadenas y grilletes
Ambiente nocturno
Soledad del protagonista
Paseo por la casa de noche y a la luz del candil




EPÍSTOLAS DE PLINIO EL JOVEN

CARTA 27, LIBRO VII

CARTA SOBRE LOS FANTASMAS

Gayo Plinio saluda a su amigo Sura

La falta de ocupaciones me brinda a mí la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, si son sombras vacías e irreales que toman forma por efecto de nuestro propio miedo.

A que crea que existen los fantasmas me mueve sobre todo esto que he oído que le ocurrió a Curcio Rufo. Todavía joven y desconocido había formado parte del séquito del nuevo gobernador de la provincia de África. Al declinar el día paseaba por el pórtico: le sale al paso la figura humana de una mujer muy alta y hermosa. Ante su estupor ella le dijo que era África, mensajera de las cosas futuras. Le dijo también que él iría a Roma, que llevaría a cabo su carrera política y que volvería a esta misma provincia con el poder supremo, donde finalmente moriría. Todas estas cosas se cumplieron. Pasado el tiempo, cuando llegaba a Cartago y salía de la nave se cuenta que se le apareció la misma figura en la playa. Como él mismo había sido presa de la enfermedad, tras augurar la adversidad que le esperaba en relación con las cosas buenas ya cumplidas, abandonó su esperanza de curación a pesar de que ninguno de los suyos la había perdido.

¿Pero no es acaso más terrorífico y no menos admirable lo que voy a exponer ahora, tal como me lo contaron? Había en Atenas una casa espaciosa y profunda, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen había desaparecido, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún más allá de sus propias causas. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, abandonada completamente a merced de aquel monstruo; aún así estaba puesta a la venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.

Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que su mente, desocupada, no se imaginara ruidos supuestos ni miedos sin fundamento. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va acercando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Este estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándolo. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar las cadenas para atraer su atención. Este vuelve de nuevo la cabeza y le ve haciendo la misma seña que antes, así que ya sin hacerle esperar más coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa y, de repente, tras desvanecerse, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado, a manera de señal. Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes. Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente.

Doy crédito ciertamente a quienes me han confirmado estos hechos; yo mismo puedo confirmar otro suceso a los demás. Tengo un liberto no ajeno al cultivo de las letras. Con él descansaba su hermano menor en el mismo lecho. A este le pareció ver a alguien sentado en la cama, moviendo unas tijeras sobre su propia cabeza, y que incluso le cortaba algunos cabellos de la coronilla. Cuando amaneció, él mismo tenía una tonsura en su coronilla y se encontraron sus cabellos cortados en el suelo. Poco tiempo después, de nuevo un hecho similar al anterior confirmó lo que había ocurrido. Uno de mis pequeños esclavos dormía entre otros muchos niños en la escuela. Llegaron a través de las ventanas (así nos lo cuenta) dos figuras vestidas con túnicas blancas, cortaron el pelo al muchacho acostado y se retiraron por donde habían llegado. La luz del día muestra también a este niño con la tonsura y los cabellos esparcidos en derredor. Nada memorable pasó después, a no ser acaso que no llegué a ser reo, si bien lo hubiera sido en caso de que Domiciano, bajo cuyo poder estas cosas ocurrieron, hubiera vivido más tiempo. En efecto, en su caja de documentos, se encontró un escrito entregado por Caro que estaba referido a mí. De esto puede deducirse que, como es costumbre para los presos dejar crecer el pelo, los cabellos cortados de mis esclavos fueron señal de que el peligro que me acechaba había sido abortado.

Por tanto, te ruego que hagas uso de tu erudición. Es asunto digno para que lo consideres largo y tendido, y yo no soy ciertamente indigno de que me hagas partícipe de tu saber. Aunque sopeses los pros y los contras de las dos opiniones (como sueles), inclínate más por uno de los dos lados, para no dejarme suspenso en la incertidumbre, dado que la razón de consultarte fue la de dejar de dudar. Saludos.

Traducción de F. García Jurado 




Atenodoro se enfrenta al espectro









13 septiembre 2013

EL TEATRO LATINO. EL TIEMPO DE LA REPRESENTACIÓN


TEATRO LATINO
EL TIEMPO DE LA REPRESENTACIÓN

En un principio, en tiempos de Plauto y Terencio, sólo se representaba una tragedia o una comedia al día, pero luego se elevó el número se representaciones por día.
Esta circunstancia permitió que hubiera concursos dramáticos en los que un magistrado, encargado de organizar los ludi, solía elegir al vencedor. 

Cada obra se dividía en actos y, en los entreactos, en las comedias, un solista tocaba la tibia, una clase de flauta, mientras que un coro amenizaba los descansos. 


En general, las obras constaban de cinco actos y debían observar la regla de las tres unidades: espacio o lugar, tiempo y acción.

Como las representaciones entonces empezaron a durar varias horas, la gente se llevaba comida y bebida, que  a veces  se repartía al público por orden de los magistrados. 

Este reparto de comida suponía un gran bullicio dentro del teatro y, sin duda, la pérdida de la más mínima solemnidad del acto y de la representación. 


Son muchos los testimonios de poetas y personajes cultos que se quejan del desorden y del ruido de las representaciones. 


Los propios autores dramáticos suelen pedir atención y benevolencia al bullicioso público. 

En ocasiones resultaba imposible escuchar los parlamentos de los actores.


Algunos piensan que esto se debe a que la mayoría era un público grosero e inculto al que incluso había que explicarle la acción en un prólogo a fin de que pudiera seguir el espectáculo.


El público romano  estaba acostumbrado a otro tipo de espectáculos más violentos pero le gustaba la fiesta en el teatro, admiraba los aspectos visuales y plásticos de la representación y se entusiasmaba con la música de flauta y con el canto.
Era un público apasionado que no perdonaba los fallos de la puesta en escena pero era  casi siempre benévolo con los autores.


Se dan casos de enfrentamientos airados entre distintas facciones del público, como el que nos cuenta Tácito, en el que varios soldados y un centurión murieron al querer imponer orden.


Lo que había nacido en Grecia como una ceremonia religiosa había acabado en Roma, poco más o menos, como la algarabía de un combate de gladiadores.



















Ave Caesar morituri te salutant por Jean-Léon Gérôme 


La crueldad de la sociedad impuso que en ocasiones puntuales se sustituyera un actor que había de morir en escena por un condenado a muerte para que fuera ejecutado realmente ante la mirada de los espectadores. 

Los autores teatrales tuvieron que enfrentarse a las muchas dificultades que se daban en la representación de sus obras.



Podemos decir,en líneas generales, que los autores de teatro en Roma desaparecen en el siglo I d. de C.


Lucio Anneo Séneca


Las obras dramáticas que se escriben a partir de Séneca están destinadas más al recitado en las lecturas de salón que al espectáculo público en los teatros.

Debido al éxito de estas recitaciones se crearon, sobre todo en las colonias griegas del Imperio, los llamados odeones, teatros de reducidas dimensiones.

Estos odeones eran para un público más selecto y entendido, con un aforo más reducido, unos quinientos asientos, solían estar cubiertos en parte y adornados con mármoles y estatuas.
















Odeón de Pompeya












05 septiembre 2013

EL TEATRO LATINO: LOS ACTORES



EL TEATRO LATINO: LOS ACTORES


En Roma, desde el principio, la actuación era un trabajo de profesionales. 

Pero el oficio de actor estaba mal considerado ya que únicamente los esclavos o los libertos solían trabajar en el mundo del teatro, incluido el oficio de escritor de dramas y comedias. 

La ley determinaba que el ser actor era causa del limitación de la capacidad jurídica de un individuo y por eso los actores carecían de derechos civiles

La palabra histrión que era el término etrusco con el que los romanos denominaban a los actores y siempre tuvo un sentido despectivo.


A menudo los actores eran esclavos que habían recibido una buena educación de sus amos. 


La condición propia de esclavos o de libertos de los actores no inspiraba demasiado respeto a pesar de la esmerada educación que sus amos les daban. 

La mayoría tenían la condición jurídica de esclavos o libertos, y procedían sobre todo del Mediterráneo oriental, si bien también hay atestiguados actores occidentales, en particular de Italia. 

Recibían dinero por sus actuaciones, pero los salarios variaban sustancialmente en función de la fama de cada uno de ellos, y muchos debían de sobrevivir apenas con su trabajo.

Al cabo del año, sólo se celebraban unas pocas representaciones teatrales en cada ciudad, de modo que los actores debían complementar sus ingresos con otras actividades artísticas y mediante giras teatrales por diversas ciudades.


Los actores eran siempre hombres y algunos tenían que representar varios papeles en la misma obra. 

Tanto los papeles masculinos como los femeninos eran interpretados por hombres, vestidos con pelucas o máscaras adecuadas para papel representado. 
Las mujeres solo podían actuar en los mimos.


En Roma, los propios actores, al inicio de la representación, eran los encargados de pedir atención y benevolencia al público.


Pero no inspiraban demasiado respeto a los espectadores pues eran esclavos o libertos y a pesar de que los actores tenían una formación y una educación esmeradas, trataban al público con descaro.


En general los actores eran vistos como personajes vulgares y moralmente repudiables, hasta el punto de que fueron tratados por la ley romana como infames y su profesión como ignominiosa. 

Sin embargo, existieron notables excepciones, actores como Quinto Roscio Galo y Clodio Esopo que llegaron a ser famosos en su época, que reunieron grandes fortunas y eran bien vistos incluso entre los círculos aristocráticos.
Algunos actores llegaron a recibir honores municipales e inscripciones honoríficas en lugares públicos de ciudades provinciales.


LA MÁSCARA


Se sabe que los actores romanos llevaban en ocasiones máscaras pero no está claro si lo hacían siempre o en todas la representaciones.

En todo caso, se considera que el uso de la máscara era menos frecuente que en el teatro griego.

En la comedia, generalmente, no usaban máscaras como los actores griegos, sino que se maquillaban y se caracterizaban sin recurrir a ellas.

Cuando no usaban máscara, el atavío y las pelucas que eran blancas para los ancianos y pelirrojas para los esclavos servían para caracterizar a los diversos personajes.


Las máscaras eran de tamaño superior a la cabeza del actor y se las colocaban en la cabeza como si fuesen cascos. 

El tamaño permitía que el actor fuera ser más visible para el público.
Las bocas abiertas de las máscaras contenían un megáfono de latón para proyectar la voz y que se oyese desde cualquier punto del teatro. 

No sólo eran más visibles los actores sino que los agujeros para ver hacían que el que las llevase pudiese ver a grandes distancias.

Sin embargo la inmovilidad de la expresión facial suponía un esfuerzo por parte del público para imaginar el cambio del estado de ánimo del personaje mediante el diálogo. 

Por ello en Roma comenzaron a utilizar la máscara doble compuesta por un lado sonriente y otro airado que servía para enseñar al público la que conviniese en cada momento. 

Generalmente este tipo de máscaras se utilizaba en comedias y pantomimas.


LAS PERSONAE
En Roma además se usaron por primera vez las carátulas o personae
Estas estaban hechas con tela empapada a la que, una vez endurecida, se le daba forma. 
La boca era muy abierta y tenía dos huecos para ver. 
Solían estar pintadas y al ser más ligeras eran mucho más cómodas para el actor.

LOS COTURNOS, CREPIDA Y SOCCUS
Una de las partes más importantes del vestuario en el teatro griego de aquella época eran los coturnos
Estos zapatos de madera estilizaban y daban más altura al actor y hacían que este sobresaliese del coro.
Además creaban una proporción más armónica del cuerpo del actor con la máscara y permitían que se viese mejor. 


En Roma el calzado especial que solamente se utilizaba en las tragedias se llamaba crepida y creaban un efecto psicológico en el público que aumentaba catarsis.

Para la escenificación de las comedias se usaba un calzado llamado soccus.
En el mimo, conocido en Roma con el nombre de fabula planipedia, los actores entraban en escena a pie plano, es decir, descalzos.



LA GREX Y LA CATERVA

















Los costes de los espectáculos escénicos se repartían fundamentalmente entre la adecuación de los edificios teatrales y la contratación de los actores profesionales o histriones.

Los actores contratados estaban organizados en compañías llamadas grex o caterva.

Estas compañías eran poco numerosas, formadas por  tres, cuatro o cinco actores a que se repartían  todos los papeles de una obra bajo la dirección de un patrono o dominus gregis.

El dominus gregis solía ser el director general de escena y, a menudo, también era productor y actor.
Existía también la figura del choragus o escenógrafo que  se ocupaba de los aspectos prácticos de la puesta en escena, el vestuario, los decorados.

Desde el siglo I d. de C. el auditorio sólo presenciaba el repertorio tradicional greco-romano.

En muchos casos las representaciones se convirtieron en el enfrentamiento escénico entre los distintos jefes de las compañías teatrales
Las compañías teatrales o greges solían ser estables.
Cada compañía solía tener un grupo de seguidores llamados fautores que alababan a sus favoritos y abucheaban a sus contrarios.

LOS SIGNOS PREESTABLECIDOS
Las representaciones debían de ser difíciles de seguir para el espectador por diversos motivos.
El público era inquieto y participativo, a las obras asistía una gran cantidad de espectadores, las representaciones se hacían al aire libre, la confusión reinante y el exceso de bullicio era grande debido a los repartos de alimentos o a circunstancias externas ala obra.
Por otro lado el gusto del público se decantaba por otro tipo de espectáculos más violentos como el circo, las venationes, las carreras o los gladiadores.


Muchos espectadores no habrían sido capaces de seguir las obras de no ser porque ya conocían el tema de antemano por las indicaciones que se solían hacer en las introducciones y por los signos preestablecidos que a lo largo de la obra se iban haciendo.

Estos signos preestablecidos eran:
Las máscaras trágicas y cómicas, pintadas de marrón o blanco para identificar a hombres o a mujeres.
El tipo de calzado que llevaban los actores o la ausencia de él.
Las pelucas que servían para determinar la edad y el sexo del personaje representado.
El color del vestuario griego o romano que indicaban la acción, el lugar y la condición social del personaje.
El color blanco para el traje de los ancianos, el amarillo para las cortesanas, el púrpura para los ricos, el rojo para los pobres o el abigarrado para los proxenetas eran solo algunos de los más representativos.
No obstante, estos mismos signos hacían que la obra perdiera parte de su interés, lo que se acrecentaba si el espectador conocía el texto y la obra.

Por ello, en muchas ocasiones, el aliciente de la obra no residía en el texto sino en contemplar la puesta en escena, sus pormenores y la habilidad de los actores.











Algunos datos para esta entrada sobre el teatro latino han sido tomados de: Teatro y sociedad en el Occidente romano por Miguel Moliné Escalona.
Si quieres más información sobre el Teatro Romano, visita su  página.



02 septiembre 2013

EL TEATRO LATINO: EL LUGAR DE LA REPRESENTACIÓN


EL LUGAR DE LA REPRESENTACIÓN


En Roma, el teatro fue considerado siempre un espectáculo, y las representaciones, llamadas ludi scaenici, tenían lugar en el marco de las grandes fiestas públicas.

Las representaciones teatrales eran solo ocasionales y vinculadas a alguna festividad u homenaje pero no había edificios dedicados al teatro.

Al principio no existían teatros estables en Roma, y los actores acudían allí donde se celebraba cualquier fiesta.

No había teatros en edificios permanentes eran simples tablados provisionales.

Los espectadores estaban de pie o en graderías de madera.


Los primeros teatros aparecieron en el siglo III a.C., pero eran estructuras provisionales de madera levantadas para cada ocasión instalados en un rincón de una plaza, cerca de algún templo. 
El "edificio" teatral constaba de tablados provisionales que adoptaban las dimensiones de un escenario, llamado pulpitum, que no poseía telón ni decoración.
Delante del pulpitum se extendía un espacio con forma semicircular y detrás de éste existía un lugar desde donde el público observaba la obra.
Ante él se apiñaba un público heterogéneo y bullicioso, al que un heraldo tenía que pedirle frecuentemente que guardara silencio.



Las representaciones eran gratuitas, subvencionadas por los magistrados públicos, en particular los ediles, con el fin de ganarse el favor de la plebe en las elecciones.
Estas representaciones teatrales se hacían en recintos de madera  que se desmontaban después de las funciones. 

A pesar de ser temporales, aquellas construcciones provisionales de madera llegaron a ser muy vistosas.

Se sabe que alguno de estos teatros desmontables se revistió de buenas columnas, estatuaria y materiales nobles.



En principio el público era variado y estaba formado por mujeres y esclavos, ecuestres y algunos nobles.
El público variaba, según los géneros. 
Comedia y mimo tenían un público de diversa procedencia, porque los temas, por su cotidianidad, eran de fácil comprensión. 
El de la tragedia era en cambio más selecto, formado sobre todo por quienes habían tenido contacto con la cultura griega. 
Hombres y mujeres de todas las categorías sociales estaban autorizados a asistir a las representaciones teatrales, pero los espectadores no podían elegir libremente su asiento.



















Entrada al teatro romano por Sir Lawrence Alma-Tadema


Los primeros edificios de piedra aparecieron a mediados del siglo I a.C., pero son bastante diferentes a los teatros griegos.



En el año 55 a.C. se construyó el primer teatro de piedra en Roma, el teatro de Pompeyo, con una capacidad de 20.000 espectadores.




Maqueta con una reconstrucción ideal del Teatro de Pompeyo en Roma



Los griegos solían aprovechar una ladera o un declive del terreno para disponer el graderío semicircular.


Los romanos utilizaron arcos y estructuras abovedadas  para poder levantar edificios exentos.


VISITA VIRTUAL AL TEATRO DE POMPEYO EN ROMA


Aquí puedes hacer una visita al teatro construído por Pompeyo para la ciudad de Roma.






ESTRUCTURA ARQUITECTÓNICA DEL TEATRO ROMANO
Partes de un teatro romano

Los teatros fueron construcciones verdaderamente monumentales, pues buscaban el impacto visual de los asistentes, recreando una fachada de gran altura, dos o tres pisos, con columnas y balaustradas.


Su origen es griego, pero se diferencian de estos en que tienen planta semicircular, y no circular. 


En el teatro romano, la estructura de edificio era esta: 


SCAENAE FRONS O FRENTE DE LA ESCENA 
El escenario romano disponía de un decorado fijo, la scaenae frons, que simulaba una estructura arquitectónica. Generalmente estaba compuesta por dos pisos de columnas y estatuaria.



PROSCENIUM O PROSCENIO
Era el lugar más elevado donde tenía lugar la representación teatral situado delante de la scaenae frons



ORCHESTRA O PLATEA 
Núcleo central de la circunferencia alrededor del proscenium reservada a personalidades. Allí se ubicaba el altar. 



CAVEA O GRADERÍO 
La cavea era el graderío del teatro, partido a su vez por los pasillos de acceso o aditus y cuyos acomodamientos concéntricos estaban reservados para los diferentes estamentos sociales.


IMMA CAVEA O PRIMA CAVEA 
Era para la aristocracia, senadores y équites.

El público de esta zona era la alta sociedad de la época y, por lo general, solo hombres, aunque en algunas ciudades se admitían a mujeres, también de alta alcurnia.



MEDIA CAVEA 
En ella se ponía la plebe, el público en general y los forasteros varones.

En caso de que el teatro no tuviese unas dimensiones suficientes para la construcción de la summa cavea, también las mujeres y niños asistían a las representaciones en esta zona.



SUMMA CAVEA 
Destinada a las mujeres, los niños y los esclavos.

La disposición de la cávea garantizaba la buena audición, aunque también se colocaban a ciertos niveles unos reflectores cóncavos de cerámica que reflejaban el sonido.



VELUM O TOLDO
Una gran tela de lona o velum movida por cordajes y poleas podía cubrir la grada para proteger a los espectadores del sol.



VOMITORIA O VOMITORIOS 
Las entradas a la cavea desde el exterior. 
Los accesos a las gradas se hacían por debajo, utilizando una red de galerías cubiertas o vomitoria

VALVAE O PUERTAS 

Las valvae eran las tres puertas que comunicaban la scaenae con la plaza porticada posterior del teatro. 

La central se llamaba valva regia y las dos laterales valva hospitalarium.



DIMENSIONES DE LOS TEATROS ROMANOS

Las dimensiones de los teatros romanos correspondían a la población e importancia de la ciudad en donde fueron emplazados.










Maqueta del Campo de Marte en Roma, en la época republicana, con sus teatros



Algunas capitales romanas tenían que tener una serie de elementos de uso común imprescindibles, entre otros, el teatro, el circo, el anfiteatro y los baños o termas.



En España, la Hispania de los romanos, existen localizados más de 20 teatros romanos ya excavados, y restos de la existencia de otros tantos, desgraciadamente perdidos por la evolución de las ciudades en las que se hallaban. 


En Hispania tenemos desde un gran aforo aproximado de unos 10.000 espectadores en el teatro de Clunia hasta los 3.000 asientos de Itálica.


VISITA VIRTUAL AL TEATRO DE ITÁLICA

Uno de los teatros más conocidos de España es el de Mérida.
Pero tiene además renombre mundial por albergar cada año el famoso Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 

Con este vídeo puedes realizar una visita virtual en 3D al teatro de Itálica en España.




Tenía una capacidad para 3.000 espectadores, y en él se escenificaban representaciones de obras trágicas, cómicas y espectáculos de mimo. 

En ocasiones había actuaciones musicales e, incluso, algún acto religioso generalmente relacionado con el culto al emperador.