31 octubre 2019

CONFUCIO, ANALECTAS

CONFUCIO
Kung Fu-Tse o Confucio fue un pensador chino procedente de la ciudad de Qufu de la actual provincia de Shantung, en China, hacia 551-479 antes de Cristo.
Perteneciente a una familia noble arruinada, a lo largo de su vida alternó periodos en los que ejerció como maestro con otros en los que sirvió como funcionario del pequeño estado de Lu, en el nordeste de China, durante la época de fragmentación del poder bajo la dinastía Zhou. 
Fracasó en sus intentos por atraerse a los príncipes, limitándose su influjo en vida al que consiguió ejercer directamente sobre algunos discípulos. 

ANALECTAS

El pensamiento de Confucio conocido como confucianismo o confucionismo está contenido fundamentalmente en sus Analectas.

Las Analectas recogen una serie de charlas que Confucio dio a sus discípulos así como las discusiones que mantuvieron entre ellos. 



Su moral está basada en el altruismo, la tolerancia, el respeto mutuo, la armonía social y el cumplimiento del deber.
Era una sistematización de ideas presentes en la cultura china, razón por la que se difundió con facilidad y contribuyó a modelar la sociedad y la política chinas sobre una base común. 

Confucio creía en la existencia de una Edad de Oro y de un orden cósmico perfecto, que debía ser imitado en los asuntos humanos, logrando la armonía de la tierra con el Cielo, fuerza inteligente que gobierna el mundo. 
A pesar de su talante conservador, el pensamiento de Confucio tenía un potencial innovador en la medida en que exigía un gobierno moral y bienhechor.
Confucio proclamaba que la nobleza no procedía del nacimiento sino de la superioridad moral; y dejaba abierta la puerta a la rebeldía contra los gobernantes inmorales.
Quizá por ello sus ideas no fueron aceptadas por los dirigentes de la época, mientras que se iban extendiendo entre el pueblo llano.

Critica a Lin, critica a Confucio

póster de Zhang Yan en 1974


Esta doctrina moderada y fuertemente anclada en la mentalidad tradicional ha marcado la ética dominante en China al menos hasta comienzos del siglo XX y su influencia sigue siendo perceptible hasta nuestros días, a pesar del esfuerzo de las autoridades comunistas por erradicarla.



Su pensamiento se propagó también a Japón, Corea y Vietnam como parte del influjo cultural que han recibido esos países de la vecina China.


AQUÍ PUEDES LEER ALGUNAS ANALECTAS


"Donde hay educación no hay distinción de clases."

"Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo; cuando veas a un hombre malo, reflexiona."

"No importa lo lento que vayas mientras no te detengas."

"Nuestra mayor gloria no está en no caer nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos."

"El hombre que mueve montañas empieza apartando piedrecitas."

"Algún dinero evita preocupaciones; mucho, las atrae."

"Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro."

"Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla."

"Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás."

"Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro; y si no lo sabes, eres tonto."

"Si sirves a la Naturaleza, ella te servirá a ti."



29 octubre 2019

PETRARCA, EL CANCIONERO

FRANCESCO PETRARCA

Petrarca es un poeta y humanista italiano nacido en Arezzo en 1304.

Su familia se trasladó a Aviñón cuando él era niño.

Inició sus estudios universitarios de Lírica, Humanidades y Leyes en Bolonia pero tuvo que abandonarlos  tras la muerte de su padre. 

Regresó a Aviñón e inició sus votos eclesiásticos menores. 

Obtuvo la protección de unos mecenas, la familia Visconti, y viajó por Europa. 
En uno de sus viajes, conoció a Giovanni Boccacio en Florencia quien influiría notablemente en sus ideas. Ambos se interesaron por el redescubrimiento de la antigüedad clásica.
Petrarca mantuvo una profunda amistad con Boccaccio.
Cuenta la tradición que Petrarca fue encontrado muerto con la cabeza apoyada en un libro de Virgilio.


PETRARCA Y LAURA


Petrarca vio por primera vez a Laura al amanecer del Lunes de Pasión, el 6 de abril de 1327, mientras ella rezaba en la iglesia de las monjas de Santa Clara, en Avignon. 

El poeta contaba entonces 23 años de edad y la muerte de sus padres lo había dejado dueño de una considerable fortuna.

Se dudó en el pasado si era una mujer real pero se suele identificar con una dama llamada Laura de Noves. Esta mujer, idealizada por el poeta, sería fuente de inspiración de su obra más famosa. 

Laura, casada con un caballero noble, era una joven que destacaba por su belleza, talento y prudencia.
Entre el poeta y la dama hubo muy pocos encuentros y siempre casuales y Laura, leal a su esposo, mantuvo siempre una distancia entre ambos.
Laura falleció a los 38 años como consecuencia de la peste y Petrarca dedicó  el resto de su vida a cantarla.




EL CANCIONERO



El Cancionero trata sobre el amor del poeta por su musa, Laura, desde que la conoce hasta después de la muerte de ésta. 
Un total de 366 poemas que escribió a lo largo de su vida, en su mayoría sonetos.
Petrarca los llamaba nugae (pasatiempos), pero nunca dejó de retocarlos y de preocuparse por el estilo en busca de una técnica perfecta.
Divididos en dos partes, los escritos en vida de Laura "In vita" son más sensuales y atormentados.
Y los poemas escritos después de la muerte de Laura "In morte" en los que muestra hacia la dama una adoración más espiritual.
   
EL PETRARQUISMO



Se denomina petrarquismo, dentro del género lírico, a la corriente estética que imita el estilo, las estructuras de composición, los tópicos y la imaginería del poeta lírico del humanismo Francesco Petrarca.


Su influencia se muestra en la amplia corriente conocida como el petrarquismo, que se mantuvo hasta el siglo XVII y llega hasta nuestra época.


A esta corriente petrarquista pertenecen poetas como los portugueses: Luis de Camoens y Sa de Miranda, los españoles: Ausiàs March, Garcilaso de la Vega, Juan Boscán, Gutierre de Cetina, Fernando de Herrera, Lope de Vega y Francisco de Quevedo, el francés: Pierre Ronsard y los ingleses: Edmund Spenser, Thomas Wyatt y William Shakespeare.

Incluso poetas del siglo XX como Miguel Hernández reciben la influencia de Petrarca.


RASGOS DEL PETRARQUISMO


TEMÁTICA: 
Exaltación de la belleza femenina
El amor puro
La contemplación de la mujer amada
Descripción del paisaje natural 

ESTILO:
Abundancia de metáforas 
Referencias mitológicas clásicas
Versos endecasílabos
Innovaciones métricas en todo tipo de estrofas: el soneto, la lira, la octava real o los tercetos encadenados.

EL HUMANISMO:
Antropocentrismo: el hombre es la medida de todas las cosas. 
Exaltación de los ideales del mundo clásico de Grecia y Roma. 

27 octubre 2019

EL RENACIMIENTO


El nacimiento de Venus por Sandro Botticelli

EL RENACIMIENTO
Es el retorno a los ideales artísticos, literarios y filosóficos del mundo grecolatino.

Italia es la cuna del Renacimiento.

Las ciudades y los estados italianos actúan como mecenas de los artistas.

Florencia, Venecia, Milán Napoles y los Estados Pontificios se convierten en centros de renovación artística, científica y de las costumbres e ideas de toda la sociedad bajo el poder de los Papas y las nobles familias de los Sforza, los Malatesta, los Médicis y los Borgia.

LOS MECENAS
El Papa Julio II ordenando a Bramante, Miguel Ángel y Rafael  la construcción del
 Vaticano y San Pedro por Emile Jean Horace Vernet


Un mecenas es la persona que patrocina las letras o las artes. 
Se llamaron así por alusión a Mecenas, consejero del emperador romano Augusto y protector de las letras y de los literatos, entre ellos el gran poeta latino Virgilio.
La prosperidad y el mecenazgo favorecieron el desarrollo literario y artístico en el Renacimiento. 
Entre los mecenas destaca Lorenzo de Médicis, el Magnífico, perteneciente a la muy poderosa familia de los Médicis.
Cada príncipe renacentista inició lujosas construcciones y protegió a los artistas, poetas y escritores. 
También fueron mecenas reyes como Alfonso V, el Magnánimo, o los pontífices romanos entre los que destacan Julio II y León X.



VÍDEO SOBRE EL RENACIMIENTO
En este vídeo puedes ver un repaso de las características generales de la época del Renacimiento: 



CARACTERÍSTICAS DEL RENACIMIENTO

Venus, Cupido y el Tiempo por Agnolo Bronzino

INTERÉS POR EL CONOCIMIENTO
Dará lugar a un gran esplendor en las actividades artísticas.

DESCUBRIMIENTO DE LA CULTURA GRECOLATINA
Para conocer mejor a la Grecia y la Roma clásicas se estudiarán sus artes y sus lenguas: el latín y el griego.

IMITACIÓN DEL ARTE CLÁSICO
Grecia y Roma serán los modelos a imitar.

Se intenta en todas las artes tomar por modelo a las formas de Grecia y Roma en busca del equilibrio clásico.

BÚSQUEDA DE LA BELLEZA
El ideal estético del Renacimiento es conseguir la belleza representada en la belleza femenina.

El tópico de la Dona angelicata o mujer angelical va a estar presente en la literatura y la iconografía renacentistas.

INSPIRACIÓN EN LA NATURALEZA
La hermosura de la naturaleza sirve como fuente de inspiración para los artistas del Renacimiento. 

PREFERENCIA POR TEMAS PASTORILES

Son frecuentes los temas bucólicos y pastoriles. 

El mito de La Arcadia está muy presente. 

Es frecuente el tópico del Locus amoenus donde los pastores llevan una vida idílica. 

INTERÉS POR EL AMOR
Tratado muchas veces desde el punto de vista platónico. 
Con frecuencia el tema del amor es visto en sus dos facetas: el amor sacro y el amor profano. 

LA MITOLOGÍA COMO TEMA RECURRENTE 
Los asuntos de la mitología grecorromana sirven como fuente de inspiración de muchas obras renacentistas. 
Es necesario conocer bien los diversos mitos de Grecia y Roma para poder interpretar las obras del Renacimiento. 

LA ARMONÍA DE LA MÚSICA
La armonía de la música es un reflejo del perfecto equilibrio del Universo. 

USO DE FORMAS ESTRÓFICAS DE ORIGEN ITALIANO 
En España la transformación métrica se hace a imitación de la lírica italiana. 
Predomina el uso del verso endecasílabo.
Las formas métricas de origen italiano más utilizadas son: el soneto, el terceto, la octava real, la lira, la silva...

LAS INFLUENCIAS

Retrato de seis poetas toscanos por Giorgio Vasari

Dante, Petrarca y Boccaccio influyen en toda la literatura renacentista.

Dante con su obra alegórica La Divina Comedia.

Petrarca con el Cancionero que contiene sus sonetos a Laura.

Boccaccio con El Decamerón que está compuesto por una serie de narraciones de tema variado.

EL HUMANISMO

El hombre de Vitruvio por Leonardo da Vinci


El Humanismo es el movimiento intelectual que se extendió por Europa a partir del siglo XV. 

Este nuevo pensamiento confiaba en el ser humano, en su razón y en su capacidad para cultivar todas las ramas de la sabiduría.
El Renacimiento presenta una visión del mundo regida por el antropocentrismo, el ser humano es el centro y el culmen de la creación divina.
El ser humano se revaloriza: se destaca su inteligencia, su creación artística, su libertad, inspirada en la civilización clásica.
Capilla Sixtina. La creación de Adán. Miguel Ángel

El cuerpo humano desnudo será el súmmum de las perfecciones y el objeto fundamental de los artistas, como reflejo del antropocentrismo del pensamiento humanista.
Frente a la visión medieval teocéntrica del mundo como un valle de lágrimas, el hombre del Renacimiento está en la tierra para disfrutar de la vida.
El mundo adquiere una fisonomía distinta y todas las actividades tienden a humanizarse con una concepción filosófica antropocéntrica que considera al ser humano como centro de todas las cosas y el fin absoluto de la creación.


1544, Mapamundi portulano de Battista Agnese con el trazado del viaje de Magallanes 
en su circunnavegación de la tierra



26 octubre 2019

GIOVANNI BOCCACCIO, EL DECAMERÓN

GIOVANNI BOCCACCIO
Giovanni Boccaccio fue un escritor y humanista italiano. 
Es uno de los padres, junto con Dante y Petrarca, de la literatura en italiano. 

Compuso también varias obras en latín.

Es recordado sobre todo como autor de El Decamerón


Dante, Petrarca y Boccaccio por Giorgio Vasari

EL DECAMERÓN
Su obra más importante es El Decamerón, iniciado en 1348 y acabado en 1353.
El Decamerón es una colección de cien relatos.
Un grupo de diez amigos, tres hombres y siete mujeres, se refugian en una villa de las afueras de Florencia para escapar de las terribles consecuencias de un brote de la peste que azota a la ciudad. 

Allí se entretienen unos a otros durante un periodo de catorce días con una serie de relatos contados por cada uno de ellos por turno.
Todos cuentan sus historias sobre temas variados, salvo los sábados y domingos que descansan.

Si tienes interés por leer El Decamerón de Giovanni Boccaccio, puedes hacerlo en este enlace:


Un cuento de El Decameron  pintado por Waterhouse



LA HISTORIA DE NASTAGIO DEGLI ONESTI
El pintor renacentista Sandro Botticelli, por encargo de Lorenzo el Magnífico, representó la historia, tomada de la octava novella de la Quinta Jornada de El Decamerón de Boccaccio: "El infierno de los amantes crueles".

Se trata de la historia de un joven de Rávena, Nastagio degli Onesti, rechazado por su amada. 
Nastagio ve en el bosque a una mujer perseguida por un jinete que, cuando la alcanza, la ataca y mata.



Inmediatamente, ella se levanta y vuelve a repetirse el castigo sin fin, debido a que se trata de fantasmas, una maldición, ya que la joven perseguida no atendió a los requerimientos de su pretendiente y éste se suicidó.



Nastagio cree que tal aparición puede serle útil en su proceso amoroso. 
El joven celebra un banquete en aquel paraje para que su desdeñosa amada vea la aparición.



Con la terrible visión, Nastagio consigue finalmente vencer la resistencia de la esquiva dama y llegar a un matrimonio feliz.


El último cuadro de la serie representa el rico banquete nupcial de Nastagio degli Onesti y su amada.

SI QUIERES SABER MÁS DE BOCCACCIO
Puedes leer este artículo de Fernando Savater sobre el autor.

FERNANDO SAVATER Boccaccio y la comedia humana


Decameron por Winterhalter







25 octubre 2019

LAS MIL Y UNA NOCHES, LAS BABUCHAS FATÍDICAS


Sherezade y el sultán Scharriar por Ferdinand Keller 1880
LAS MIL Y UNA NOCHES
Las mil y una noches es una famosa recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio.
La recopilación recoge cuentos populares, historias de amor cómicas y trágicas, parodias, leyendas, poemas, cuentos eróticos, historias religiosas... 

Se incluyen, además de esos cuentos, los relatos sobre Aladino y la lámpara maravillosaAlí Babá y los cuarenta ladrones y Simbad el marino que fueron agregados posteriormente.

Los personajes son variados: sultanes, visires, califas, princesas, mercaderes, bandidos, poetas, pescadores, viajeros... 
Hay personajes históricos como  Harún al-Rashid, califa de Bagdad y personajes fantásticos como hechiceros, genios y seres mágicos.

En ellos se describe de forma fantástica y algo distorsionada la India, Persia, Siria, China y Egipto.
EL RELATO MARCO Y LOS RELATOS ENMARCADOS

Los cuentos de Las mil y una noches utilizan la técnica del relato marco y los relatos enmarcados.

El relato marco es la historia del sultán Schariar quien, después de haber sido traicionado por su esposa y siendo testigo de varias infidelidades por parte de las mujeres, decreta que todos los días al atardecer se casará con una joven diferente la cual será ejecutada la mañana siguiente.



La hermosa e inteligente Scherezade, hija de un ministro, está dispuesta a llevar a cabo un arriesgado plan con la ayuda de su hermana pequeña Dinazade para terminar de una vez con tal crueldad.

Tras casarse con el sultán y pasar con él la noche, la bella Sherezade, a petición de Dinazade que ha acudido a despedirse de ella, le contará un cuento a su esposo que dejará inconcluso al llegar el alba. 

El sultán deseoso de escuchar el final de las historias, irá perdonando la vida de su joven esposa todas las noches hasta que finalmente se enamora de ella que le ha dado dos hijos, y al cabo de mil y una noches, le perdona la vida.
Estos cuentos que va narrando Sherezade noche tras noche, siempre interrumpidos al amanecer en su momento más interesante para ser completados a la noche siguiente, son los relatos enmarcados.

LAS BABUCHAS FATÍDICAS


Hubo una vez en El Cairo un boticario que era casi tan famoso por su riqueza como por su tacañería. De Abu Kásim se decía que había nacido con los brazos demasiado cortos, por­que las manos nunca le llegaban a los bolsillos. «¿Para qué sirve el dinero si no es para gastarlo y dárselo a quienes no lo tienen?», piensa la mayoría de la gente. Sin embargo, Abu Ká­sim prefería enterrar su dinero o esconderlo en los armarios. Tal vez creía que, si el dinero se entierra, germina en un ár­bol que da monedas en lugar de frutos, o quizá pensaba que el oro sirve para perfumar la ropa guardada en los cajones.

Pero, precisamente a causa de su tacañería, la ropa de Abu Kásim no tenía nada de perfumada. ¡Bien al contrario! El bo­ticario se había pasado la mitad de su vida con los mismos calzones, que remendaba una y otra vez, y se bañaba con la camisa puesta para no tener que enviarla a la lavandería. Con todo, eran sus babuchas las prendas que mejor refleja­ban la tacañería del boticario. Abu Kásim las había llevado durante veinte años. Para gastar lo menos posible, cada vez que se le agujereaban las remendaba con tiras de cuero suje­tas con clavos de cabeza redonda, por lo que sus pies parecían una pareja de armadillos, y las suelas de sus babuchas eran tan gruesas como el cráneo de un rinoceronte.

Con el tiempo, las babuchas de Abu Kásim sirvieron como punto de comparación en las casas y los salones de El Cairo. La gente decía: «Esta sopa es tan densa como la babucha iz­quierda de Abu Kásim» y «Los pasteles de mi suegra son tan pesados como las babuchas de Abu Kásim», o «Estos huevos huelen tan mal como la babucha derecha de Abu Kásim» o «Ese chiste es tan viejo como las babuchas de Abu Kásim». Dicho en pocas palabras: todo el mundo en El Cairo conocía a fondo el calzado de Abu Kásim y la razón por la que sus babu­chas eran tan grandes y pesadas.

Una mañana muy agradable de principios del verano, el boticario decidió darse su baño turco de todos los años. Al lle­gar al hammam, Abu Kásim iba radiante de felicidad, pues el sol de aquel día maravilloso le parecía una enorme moneda de oro y los arneses relucientes y tintineantes de los came­llos le recordaban las monedas al chocar entre sí.

Tras dejar sus babuchas en el escalón de entrada de los ba­ños y confiar su túnica al dueño del hammam, Abu Kásim per­mitió que los esclavos de los baños le hicieran sudar como un cerdo, le rasparan las muchas capas de roña que llevaba pe­gadas al cuerpo, lo dejaran en remojo durante un buen rato y lo perfumaran. Cualquier persona con menos presencia de áni­mo o resignación hubiera evitado aquella repugnante tarea, pero los esclavos del baño turco se enorgullecían de conseguir lo imposible. Y no hay duda de que aquel día lo lograron, pues Abu Kásim salió de los baños más limpio que el oro.


Mientras tanto, un rico mercader que acababa de regresar de Persia decidió visitar el hammam para relajarse después de tan largo viaje. Así que ató sus mulas y camellos en la puerta y dejó sus babuchas en el escalón que daba entrada a los baños, donde estaba el calzado de Abu Kásim. Al verlo, el mercader le dijo al dueño del hammam:

–No pienso compartir baño con el puerco de Abu Kásim, así que ponme en uno distinto al suyo. Y, si me permites un consejo, quita de la entrada sus apestosas babuchas, pues de lo contrario ahuyentarás a todos tus clientes.

El dueño de los baños pensó que el mercader tenía razón, así que decidió esconder las malolientes babuchas de Abu Ká­sim. Como le daba asco tocarlas, se valió de un largo palo pa­ra levantarlas, y después las depositó en un extremo de la ga­lería, donde nadie pudiera verlas.

Cuando Abu Kásim salió de los baños, no encontró sus babuchas en el escalón de entrada, sino las del mercader, que eran nuevas, y muy bonitas, pues habían sido confeccionadas con piel de becerro y con la mejor seda de China.

–¡Milagro! –exclamó–. Alá sabía que siempre he querido tener unas babuchas como éstas y que estaba dispuesto a comprármelas en cuanto me lo pudiese permitir. Por eso ha obrado un milagro y ha transformado mis viejas babuchas en estas dos preciosidades. ¡Gloria a Alá, que ha decidido ahorrarme unos buenos dineros con su infinita sabiduría!

Después de calzarse las babuchas del mercader, que le iban como anillo al dedo, Abu Kásim regresó corriendo a su casa, donde su cocinera estaba preparando la comida. «¡Qué extraño!», se dijo la buena mujer. «¡Es la primera vez en treinta años que no he oído los pasos de mi amo mientras se acercaba por la calle!».

Mientras tanto, el mercader salió de los baños, y no logró encontrar su calzado. Olfateando el aire, se dio cuenta de que las babuchas de Abu Kásim no estaban lejos, así que las bus­có hasta dar con ellas. Al encontrarlas en la galería, gritó con indignación:

–¿De modo que así es como ha hecho fortuna ese granuja de Abu Kásim: robando a las personas honradas? ¡Pues ahora mismo voy a darle su merecido!

De manera que el mercader regresó a su casa y les pidió a todos sus camelleros y esclavos que lo acompañaran a la boti­ca de Abu Kásim. Una vez allí, derribaron la puerta, agarraron al sorprendido avaro por el pescuezo y le dieron una bue­na paliza.

–¡Y ahora llamaré a los alguaciles –dijo el mercader–, tendrás que pasar unos cuantos meses en la cárcel! Los alguaciles no tardaron en llegar.

–Solo mantendremos la boca cerrada –le dijeron a Abu Kásim– si nos entregas diez mil dinares. De lo contrario, te llevaremos ante el cadí y él te dará el castigo que mereces. ¡Así se te acabarán las ganas de ir por ahí robándoles las ba­buchas a las personas honradas!

De modo que Abu Kásim tuvo que desprenderse de diez mil dinares para que los alguaciles le dejaran en paz.

–Y, por lo que a mí respecta –le dijo el mercader al marcharse–, ¡puedes quedarte con tus apestosas babuchas! Y se las tiró a la cabeza.

Abu Kásim empezó a sollozar.

–¡Todo esto es por culpa vuestra! –les gritó a sus viejas babuchas, que, como es lógico, no se defendieron–. ¡No quie­ro veros nunca más!

Así que Abu Kásim las lanzó con todas sus fuerzas por encima de la tapia de su jardín. Pero el destino quiso que las ba­buchas fueran a caer sobre una anciana que pasaba por la ca­lle. Como eran dos armatostes de cuidado, la pobre mujer que­dó tan aplastada como una galleta.

Cuando los familiares de la viejecilla supieron lo ocurrido, corrieron entre llantos e insultos a la calle de Abu Kásim. –¡Asesinos, asesinos!– gritaban.

Al poco rato, llegaron los alguaciles.

–¡Aquí está el arma del delito! –exclamó uno de ellos al descubrir junto a la anciana muerta las babuchas de Abu Ká­sim–. ¡Ese maldito boticario es el asesino!

En aquel preciso instante el tacaño salió de su botica para pedirle a la gente que dejase de alborotar, pues los gritos le impedían concentrarse en su trabajo.

––¡Ahí está el criminal! –gritaron los alguaciles.

De modo que ataron al boticario con cadenas y se lo llevaron a la cárcel.

El juicio se celebró aquella misma tarde. Los parientes de la anciana muerta reclamaron que Abu Kásim fuese condenado a muerte, pero una ley de El Cairo fijaba el valor de una vida en veinte mil dinares, así que el boticario pudo evitar la horca pagando aquella elevada suma.

Pero, como comprenderéis, para Abu Kásim fue tan doloroso desprenderse de veinte mil dinares como recibir veinte mil azotes o veinte mil picaduras de avispa. El boticario se pasó todo un día aullando de dolor y pateando sus antiguas babu­chas para castigarlas hasta que al fin le sangraron los pies. Después, se dirigió con ellas a la orilla del Nilo y las arrojó a la corriente del río con la esperanza de no volver a verlas nunca más.

Las babuchas flotaron río abajo, pero el hedor que despedían era tan infecto e insoportable que los peces morían as­fixiados y quedaban panza arriba en el agua. Al cabo, los dos trastos quedaron atrapados en las redes de un pescador tan fuerte como un toro, pues estaba acostumbrado a arrastrar redes llenas de atunes sin ayuda de nadie.

–¡Maldita sea! –exclamó el pescador al ver que los clavos de las babuchas se habían enganchado entre las redes y las había roto–. ¡Diez mil maldiciones para ese perro miserable de Abu Kásim!

Y es que el pescador habría sido capaz de reconocer las babuchas del boticario entre un millón de babuchas distintas.

Después de arrastrarlas hasta la orilla, el pescador se dirigió con ellas a la botica de Abu Kásim.

–¡Aquí tienes tus repugnantes babuchas! –le dijo.

Abu Kásim miró con pavor aquellos dos monstruos que chorreaban agua, pero quedó especialmente aterrado por el corpachón del pescador, que parecía capaz de levantar en vilo treinta caballos con cada una de sus manos. Como nadie pue­de escapar del destino que Alá le impone, Abu Kásim tuvo que soportar que el pescador lo agarrara por los pies y se de­dicara a ablandar su cabeza contra la puerta de la botica del mismo modo que ablandaba los calamares y los pulpos contra las rocas del Nilo.

–¡Y ahí tienes tus dos porquerías! –dijo el pescador a mo­do de despedida, al tiempo que lanzaba las babuchas de Abu Kásim contra las estanterías de su botica y destrozaba multitud de botes de valiosos minerales y hierbas.

Abu Kásim tardó varias horas en recuperarse de los golpes recibidos. Cuando al fin pudo levantarse, arrastró las babuchas hasta el jardín y cavó un agujero para enterrarlas.

–¡Que Dios se vengue cumplidamente de vosotras, monstruos despiadados!– les decía entre sollozos–. ¡Nunca más volveréis a perjudicarme!

Al oír los gritos de Abu Kásim, los vecinos se asomaron a las ventanas y descubrieron al boticario cavando una fosa en su jardín. Como ya era de noche, pensaron: «Ese viejo avaro ya no sabe dónde esconder su dinero. Seguro que se le han acabado las tablas del suelo y ahora ha decidido enterrar sus monedas en el jardín, pues de lo contrario no se pondría a ca­var a estas horas».

Cuando Abu Kásim despertó a la mañana siguiente y se asomó por la ventana de su dormitorio, se encontró en su jar­dín con una muchedumbre provista de picos y palas. Eran personas de todas las edades, razas y calañas, que estaban cavando con furia en su jardín en busca del tesoro escondido y habían arrasado con todas las plantas medicinales de Abu Ká­sim. Niños de corta edad zarandeaban montones de tierra en cedazos de metal, y zahoríes con ramitas curvas en la mano iban y venían por los surcos de su melonar.

––¡Buscad, buscad! –les decía un padre de familia a hijos–. ¡Seguro que el dinero no debe estar muy abajo! –¡Escuchadme, por favor! –gritó Abu Kásim desde la ventana–. ¡No vais a encontrar dinero en el jardín! ¡Lo único que he enterrado son mis babuchas!

Pero nadie le hizo caso. Por eso el boticario tuvo que bajar al jardín y desenterrar las babuchas.

–¿Veis como no os engañaba? –dijo.

–Muy bien –respondió un hombre alto y fuerte como un elefante–. Pero, ¿no creerás que vamos a irnos de aquí con las manos vacías? Tendrás que pagarnos una moneda de oro a cada uno por las molestias que nos has causado.

Abu Kásim comprendió que debía pagar si no quería ser linchado por aquella multitud, así que tuvo que desprenderse de ciento cincuenta y cuatro monedas de oro para perder de vista a los hombres, las mujeres y los niños que habían inva­dido su jardín.

«¡No puedo más!», lloriqueó el boticario. «¡He de librarme de estas malditas babuchas como sea, o acabarán por arruinarme la vida!». De modo que se alejó de El Cairo en busca de un lugar donde hacerlas desaparecer. Después de caminar mu­chas leguas, encontró una presa que le pareció apropiada pa­ra arrojar sus malhadadas babuchas.

–¡Hasta nunca! –gritó mientras las lanzaba al agua con verdadera rabia.

Pero, por desgracia, al otro lado de la presa había un molino. Cuando las compuertas de la presa se abrieron, las viejas babuchas se acercaron a la rueda del molino y quedaron en­ganchadas en ella. Como aquellos dos armatostes tenían el grosor del cráneo de un hipopótamo, acabaron por destrozar el engranaje del molino, que se paró de golpe. Cuando el moli­nero examinó la maquinaria para averiguar el origen de la avería, descubrió las infaustas babuchas de Abu Kásim.

–¿Así que todo es culpa de ese boticario de tres al cuarto? –se dijo, comprendiendo lo que había sucedido.

Todo el mundo sabe que los molineros no se andan con chiquitas. Son gente de hombros anchos y con el cuerpo más re­cio que el de una ballena, ya que se han pasado la vida levan­tando sacos de trigo. Cuando el molinero encontró a Abu Ká­sim a la orilla de la presa, lo levantó en vilo como si fuera mi monigote y lo arrojó sin piedad al agua.

Por fortuna, los alguaciles llegaron antes de que Abu Ká­sim pereciera ahogado, pero lo obligaron a pagar los daños causados en el molino.

–Y eso no es todo –dijo el capitán de los alguaciles–, porque, si no me entregas ahora mismo treinta dinares, te de­nunciaré ante el cadí y acabarás tus días en la cárcel.

De modo que Abu Kásim tuvo que deshacerse de las últimas monedas que le quedaban.

–¡Y llévate contigo tus babuchas! –dijo el molinero.

Abu Kásim miró aquellos dos trastos y dijo entre sollozos: 

–Desventuradas, malditas, eternas babuchas, causantes de todas mis desgracias, ¿vais a seguir llevándome a patadas has­ta la tumba?

Decidido a librarse de una vez por todas de su calzado, Abu Kásim se presentó aquella misma tarde ante el cadí y, agitando las dos babuchas sobre su cabeza, exclamó entre lágri­mas pero con voz firme:

–Delante de testigos anuncio, y quiero que la noticia se sepa por todas las regiones del Nilo, que acuso a mis babu­chas de maldad y premeditación y declaró solemnemente que las repudio. De hoy en adelante no tendré trato alguno con ningún tipo de calzado, sea el que sea. Abu Kásim ya no es propietario de ninguna babucha. Éstas dos me han dejado sin dinero, pero ¿qué más da? ¡Ahora solo quiero perderlas de vista! Por eso ruego a su señoría que en adelante no considere a Abu Kásim responsable de las fechorías que pueda come­ter cualquier tipo de calzado.

Acto seguido, Abu Kásim dejó caer las babuchas delante del cadí y se marchó corriendo, descalzo, maldiciendo a toda la tribu de los zapatos, así como a la familia de los borceguíes, las abarcas, las alpargatas, las zapatillas y las almadreñas, mientras, en la sala del tribunal, el cadí se reía tanto y con tanta fuerza que acabó por caerse del estrado.

FIN